Camino humedecido por lágrimas desconocidas,
senderos entrecruzados que se extienden en el tiempo.
Aroma de flores marchitas que invitan a abrazar la vejez,
cantar de joviales rosas que añoran ser parte de la conmemoración de algún recuerdo.
Mercado de llanto, congojo y hasta infinita felicidad,
donde vida y muerte celebran el misterio de las despedidas momentáneas.
Donde un anciano tararea el bolero que fue testigo de sus noches de pasión en vela.
Una madre sonríe ante la mirada inocente
del pequeño infante que jugando entre lapidas descubre un peculiar espacio de entretenimiento.
Una esposa ríe a carcajadas como muestra de fortaleza
ante el regreso interrumpido de su marido.
El sol abraza con calidez y la brisa lleva consigo los deseos eternos de aquellos que descansan en paz.
La fertilidad se esparce en la tierra
devolviendo a ella el polvo resultante de la creación.
El beso de un amante ausente se posa delicadamente en la mejilla del caballero
ese que prometió cantarle mientras durmiera.
El sollozo de la familia que al morir los minutos se traduce en chistes
que engrandecen la experiencia del viajero que no regresará.
Hogar de cuerpos que reposan eternamente,
en el tiempo perecerá cada parte del esqueleto humano, cada centímetro de carne
dejando paso al nacimiento de los recuerdos
esos que celebran infinitamente la natural ejecución de la danza de los seres vivientes.