Esto me duele, no sabes cuánto. Recuerdo cuando, entusiasta, decidí tenerte en mi vida. No fue sencillo, para ser honesta, pero me divertía probándote de vez en cuando, para familiarizarme a ti. Y todos los días decía que serías mío. Te estaba esperando a ti, pero en tu lugar vino algo más. Era similar a ti, sin embargo su contextura era de mayor tamaño; su sonido era más fuerte, más estruendoso; y su tez era dorada. Estuve dos años con él, quizá tres. Mi memoria falla. Y debo admitir que me divertí, pero te quería a ti y sólo a ti. Algunas veces nos veíamos y pasábamos unas pocas horas juntos, pero al final cada quien regresaba a su realidad.
Y llegó aquel día que fui feliz. Fue un 19 de diciembre, lo recuerdo bien; ese día fue el comienzo del nuestra vida juntos. Adoraba todo de ti: la complejidad de tu manejo, la delicadeza de tu estructura, la dulzura y redondez de tus notas. Tienes esa maravillosa capacidad sonar con gravedad y tan agudo sin molestar. A mis ojos, eras perfecto. Lo sigues siendo. Cómo cuesta entenderte al principio, es la verdad. Pero una vez que se sabe cómo tratarte todo es demasiado sencillo.
Pero todo lo bueno tiene un final. No quiero decir que hasta aquí llegamos. Lamentablemente, mi nueva vida nos ha hecho distanciarnos. ¡No creas que y te he olvidado! Sigues en mi corazón y seguirás siempre. Espero encontrarnos en un futuro cercano, donde volvamos a juntarnos para crear arte juntos. Extrañaré pasear mis dedos sobre tu extensa figura, juntas mis labios dejar que la melodía fluya.
De modo cliché te digo que no es un adiós, sino un simple hasta luego. Extrañaré al instrumento de mi vida; te echaré de menos, divino clarinete. Porque eres el único que ha sabido complementarme musicalmente de la mejor manera. De mi a do, te veré en un futuro.