Muchas veces me repetí que estaba mal, que le hacía daño, que lo lastimaba; pero no me detuve. Le permití hacer mil cosas por mí: amarme, enjugar mis lágrimas, velar mis sueños, luchar día a día en mis batallas para obtener logros que nada tenían que ver con él, le permití pagar por errores que eran solo míos y fui tan egoísta que lo conduje a pensar que sus sueños y metas eran únicamente las mías. Le permití besarme, tocarme, poseerme y pensar que aquello era la recompensa por todo lo que me daba; pero de nada valen si no son reales, si no son sinceros, una maestra de la mentira porque nunca sospechó lo contrario, porque mil veces me decía que me amaba y mil veces le contesté "yo más".
Lo separé de amigos y personas que lo querían, lo volví solitario para que su mundo girara alrededor del mío. Y no me importó, o tal vez sí, pero decidí que era más fácil seguir así que dejarlo ir, que dejarlo buscar una vida; porque le robé su vida, le robé tiempo lo más valioso del mundo, le robé oportunidades de conseguir a alguien que lo amara sinceramente, le robé sus sueños, le robé amor. No merezco nada de él, y aun así lo acepto. Cada día me esfuerzo por convencerlo de estar conmigo y no por cariño, mucho menos por costumbre, porque sé que cuando no necesite más de él la despedida será muy fácil. Pero deseo volver atrás y no haberme cruzado en su camino, porque así él no estaría enamorado de la persona que le he hecho creer y yo no estaría en esta situación. Y es que no sé cuál de los dos es más miserable, si él por amarme tanto, o yo por aprovecharme de ello.