El origen de Halloween se encuentra en la fiesta celta de Samhain, que marcaba el fin de la temporada de cosecha y el inicio de un nuevo año. Se trataba del cierre de un ciclo y el inicio del siguiente, y por lo tanto trataba sobre la muerte y la resurrección.
Se creía que durante esa noche la puerta entre el mundo físico y el espiritual quedaba abierta, las almas de los difuntos vagaban libremente y el poder de los druidas crecía con esta conexión al mundo astral. Se utilizaban nabos llenos de brasas para iluminar el camino de los familiares fallecidos y asustar a los espíritus malvados. Los niños recogían presentes de todas las casas para ofrecérselos a los dioses y los entregaban a los druidas para que realizaran un ritual sagrado.
La expansión del Imperio Romano por Europa utilizó a la religión cristiana como elemento unificador de las costumbres de los diferentes pueblos bajo su poder, adaptando las tradiciones locales para facilitar la conversión religiosa. En el siglo VII, el papa Bonifacio IV incorporó la antigua tradición celta al conjunto de las celebraciones cristianas con el nombre de la víspera del Día de Todos los Santos ('All Hallows’ Eve'), respetando en parte la importancia que se daba a los fallecidos.
El siguiente cambio importante en la tradición se dio con la migración de irlandeses a Estados Unidos en el siglo 19, donde se incorporan nuevos elementos y poco a poco se va convirtiendo en una fecha más festiva y pintoresca, hasta alcanzar la popularidad comercial actual.
Para muchos, la popularidad de Halloween como fecha festiva y comercial ha llevado a un incremento de actividades espiritistas, aun sin conocimiento de quienes en ellas participan. El uso de la simbología asociada a esta celebración (fantasmas, monstruos, brujas, color negro, hechizos...) justo el 31 de octubre sería un elemento que potencia el vínculo entre el mundo material y el mundo espiritual, y permitiría un mayor acceso de espíritus, demonios y espectros a la realidad, donde pueden intervenir espiritualmente sin control ni conocimiento de quienes los invocan.
Otros sectores tratan de recuperar el aspecto naturalista de las celebraciones celtas, con ritos que celebran los ciclos de vida y muerte, y agradeciendo a la naturaleza.
Hace un tiempo se entrevistó en Estados Unidos a una practicante de wicca, quien señaló que “[Los cristianos] no lo saben, pero están celebrando con nosotros nuestra fiesta [...], y nos encanta”.