La Puerta del Destino
Imagen de Khusen Rustamov en Pixabay
Ya era una señora como de 70 años, cuando la conoció. Entró a uno de los mercados de aquella ciudad, buscando un saché para prender incienso y sándalo, los aromas preferidos en sus meditaciones. Quiso primero caminar el lugar, para disfrutar el colorido y las fragancias que se respiran en esos templos paganos, que son los mercados. Después de varias vueltas dio con el puesto que buscaba, un lugarcito sencillo y discreto que atraía por su orden y productos de todo tipo.
La señora lo recibió con una sonrisa cordial, y le pasó la mano por el brazo en tono de saludo familiar, al mismo tiempo que decía algo en su idioma y le ofrecía la silla donde estaba sentada, como si el comprador viniera de un largo camino. Pensó que la señora hacia todo eso para que le comprara algún perfume de los que vendía, pero al ver su rostro amable, rechazo la idea y le respondió con amabilidad, para indicarle que no había entendido lo que decía. A la señora no pareció importarle la respuesta que le daba, porque seguía comunicándose en su lengua, al tiempo que servía una infusión amarga, que el recién llegado aceptó por compromiso.
Por fin la señora salió de su trance, al comprender quizás que el comprador no era quien ella había creído, pero igual siguió tratándolo con mucha cortesía. Al hablar en español, que dominaba correctamente, parecía que su voz también era otra, con una tonalidad distinta, y sin la gracia cantarina de su dialecto.
Cuando le hizo ver que prefería la melodía de su habla nativa, ella respondió afirmando con la cabeza que comprendía la razón. Tú la llevas dentro de ti, respondió. La has hablado muchas veces.
El comprador preguntó por fin que si tenía sándalo en aceite esencial, y la dueña del local como un sortilegio la tomó de un estante sin apenas moverse, la envolvió en un papel ligeramente perfumado, y se la puso en la mano apretándoselas con las suyas, sugiriendo que era un regalo.
A los días regresó al mercado sin otro propósito que conversar con la señora. Esperó que atendiera a otros clientes, y cuando estuvo sola, la saludó como acostumbran los hindúes, juntando las dos manos a la altura del pecho en actitud de humildad, e inclinando un poco la cabeza para ofrecer respeto a la persona a quien se saluda. La señora respondió igual. Acercó un taburete y con la misma sonrisa de siempre, le pidió que se sentara, para conversar.
El visitante se sintió obligado a aclararle que estaba de visita en aquél país, y que de las muchas cosas que le habían ocurrido desde que llegó, aquél encuentro lo recordaría por siempre, como el testimonio de un espíritu afectuoso. Al rato, la señora lo tomó por el brazo y en voz baja susurró: hay una puerta. Al encontrarla cambiará tu vida en muchos aspectos. Tienes que salvarla –insistió para que ella te salve a ti.
No supo que responderle. Le pidió que le vendiera algo para llevarlo de recuerdo, y la señora le ofreció una crema de olor muy agradable en un tarro no más grande que una tasa, que le gustó sobremanera. Guárdala para la puerta. Ya verás por qué. El visitante se sintió conmovido por tantas muestras de cariño, le pidió que aceptara una cadena que llevaba colgada en el cuello, y él mismo se la puso, como si fuera un ritual de fidelidad. Se despidieron otra vez con el saludo de la primera vez, y la dejó atendiendo unos clientes sabiendo que algo había pasado, aunque no sabía exactamente qué.
Pasaron varios meses antes que mi amigo comprendiera aquél mensaje de la señora del mercado. Auxiliado por unos amigos, estaba fabricando su casa con materiales reciclados, cuando necesitaron un tablón para sostenerse mientras frisaban una pared. No supo de donde apareció la hoja de una puerta vieja, que utilizaron para cubrir la necesidad del momento, y al desmontarla, recordó como un impacto, las palabras de la señora referidas a una puerta.
No quiso decir nada sobre la conversación del mercado, sino que apartó discretamente la puerta y la fue limpiando con un sentimiento cada vez más intenso, al imaginar que tendría por lo menos 100 años, y que seguramente había custodiado la entrada de una bodega como la de su papá, y que al dañarse la cerradura le abrieron un hueco para trancar en adelante con una cadena y un viejo candado.
La empezó a restaurar con cuidado, quitándole las bisagras, tornillos partidos y algunos apliques que la adornaban en su tiempo, hasta dejarla desnuda. Tuvo que pegarle un soplete para arrancarle las capas de pinturas que le había puesto una sobre la otra, hasta que comenzó a verse la madera virgen, con todas las heridas de guerra que ya no se les podían curar. Era una madera eterna, pesada, de esas que con el tiempo se van petrificando y ya no le entran ni clavos, pero con una insólita capacidad de sobrevivencia. Su belleza comenzó a mostrase en la medida que la iba puliendo con la crema que le dio la vidente, hasta que alcanzó una pátina sin esconder la plenitud de sus años, y la mostró a los amigos, para buscarle sitio dentro de su casa.
Cuando ya casi era madera pura, al pasarle la mano notó que tenía un bajo relieve, que parecían unas letras. Observó con una lupa grande, y sí, eran unas letras muy bien talladas con una gubia muy fina. Le quitó con mucho cuidado el remanente de pintura y apareció nítida una frase y tres veces el número cinco, inscrito todo en griego antiguo. Ahí fue cuando vino y me contó su aventura, y quiso que le tradujera el escrito, y si era posible alguna explicación de aquél trigrama. Me dijo que en condiciones normales no se molestaría en averiguar su significado, pero a cada momento recordaba lo que le había dicho una señora muy especial, sobre una puerta que él habría de salvar, y ella a su vez lo salvaría.
Le traduje la expresión literalmente, y le sugerí que podía ser un conjuro. Evaluamos las posibles interpretaciones y concluimos, de acuerdo a una antigua tradición, que se debía repetir el conjuro tres veces, en el mes cinco, o en la quinta luna del año, a las cinco de la mañana, pero no sabía para qué o por qué. Creí recordar algo relacionado con San Cipriano, o la clavícula de Salomón, pero no estaba seguro.
Pasaron unos meses y el amigo tuvo que regresar al país donde conoció a la señora, para que lo ayudara. Le contó que había pronunciado el conjuro, y una fuerza sobrehumana lo intervino y cayó desmayado. Al despertar, sentía que conocía los pensamientos y sentimientos de las demás personas. Aquello lo alegró de modo particular y comenzó a vaticinar el futuro, y a practicar curaciones. Sentía que era un mago mayor, y que sus poderes no tenían límites. Pero creció su fama y ya no tenía reposo. De todas partes le llegaban enfermos y personas interesadas en conocer su porvenir sin importar cuanto le cobrara.
Poco a poco sintió que le fallaban las fuerzas, y tuvo que parar las curaciones y vaticinios, pero la gente interesada se molestó y lo querían obligar a que siguiera obrando milagros. Al negarse le quemaron la casa, y por poco lo matan, al no ceder a sus reclamos. Por eso le pedía a la señora que hiciera algo para salir de aquello, que lo iba a matar irremisiblemente.
No puedo hacer nada, por ti, hijo mío -le respondió la señora- yo sólo vi que te venía algo grande a través de una puerta. Lo que puedo aconsejarte es que cambies de nombre y te vayas a otra ciudad donde nadie te conozca. Todo esto hasta que aprendas a orientar tus fuerzas, o a renunciar a unos poderes que son dados para servir a los demás, y no para obtener prestigio. También te diré que eres afortunado. Pocos hombres averiguan a tiempo que su misión en la tierra es lograr un trabajo conjunto, y que con lo que nos produce es suficiente para ser felices.
Eso me lo contó cuando me invitó a que lo visitara en el mercado donde recibió aquella revelación. Trabajó como dependiente de la tienda hasta que murió la dueña. Nunca perdió sus facultades, pero ahora las empleaba de forma silenciosa, como lo hacía la señora. Me pareció que había hecho lo mejor. Se notaba que estaba tranquilo, bajo la apariencia de un hombre cualquiera, con su mujer y su hijo, viviendo del afán de cada día.