Gente de Hive: Los sueños son un pozo inagotable de imágenes, historias, recuerdos y emociones. Elementos también presentes en los cuentos y novelas. Por supuesto, no quiero decir que toda la literatura derive de los sueños, pero indudablemente son una fuente de inspiración para muchos autores. En alguna ocasión, más adelante, podemos hablar de esto. Ahora solo quiero presentar un sueño en estado puro, hasta donde eso es posible conociendo la naturaleza evanescente de los mismos; es decir, no un cuento inspirado por un sueño, sino el sueño mismo, tal como lo recordaba al despertar.
¿Qué valor tiene esto? No estoy seguro. Para mí -como autor y sujeto que sueña- solo el de dejar constancia de una materia prima que tal vez se transforme con el tiempo en un relato. Para el lector, quizás resulte divertido adentrarse en las incoherencias de una mente ajena.
Saludos.
Una pareja de franceses, investigadores de la vida submarina, requiere mi ayuda. La mujer se sumerge en las aguas verdes del mar con una cuerda o un cable atado a la cintura; el otro extremo lo sostengo yo con una firmeza que no esconde mis dudas. Temo que se ahogue o desaparezca. Mi responsabilidad es mantenerla a salvo. Tenemos el agua a las caderas pero ella se hunde de cabeza como si hubiera un pozo a sus pies. Yo me inquieto aun más y aprieto la cuerda entre mis dedos con fuerza. Al poco rato la mujer emerge, lo que me causa alivio.
Ahora es su compañero el que se ata la cuerda. Comienza a internarse en el mar y yo, sosteniendo el otro extremo a unos dos o tres metros, lo sigo. Pero ya no es el mar lo que cruzamos sino un río que arrastra papeles, vasos plásticos, latas de cerveza y refresco. El francés se sumerge en las aguas sucias del torrente. No tengo más remedio que ir detrás de él, ya que su seguridad, como en el caso de la mujer, depende de que yo no suelte la cuerda.
Comenzamos a nadar contra la corriente, aunque en realidad yo no nado sino que soy arrastrado por la cuerda amarrada al hombre. En ningún momento pienso soltarla pese a mi desagrado: si algo le pasara al nadador yo soy el encargado de salvarlo. Veo que delante de mí hay un obstáculo: un puentecito que se levanta apenas unos palmos sobre el agua; si no hundo la cara en el líquido turbio golpearé la frente contra su parte baja. Sin esperar más introduzco todo el cuerpo en el agua, a pesar de que es algo sobre lo que siento un inmenso rechazo.
Percibo que la luz disminuye. Estoy bajo la sombra del puente. Cuando advierto que aclara, levanto la cabeza y la saco del agua. El río, que ahora es limpio, acaba, o nace, porque hemos nadado hacia su nacimiento, en una cueva en la que hay una pequeña playa de arena blanca.
La cueva está amoblada como una casa agradable y bien iluminada. Hay sillones y mesas distribuidas por el espacio. En el centro, una caja metálica cuadra pintada de gris de unos cincuenta centímetros de cada lado. El francés levanta la tapa superior. Me acerco. Dentro hay una niña morena de unos dos años que literalmente salta de alegría al ver a su padre. Este la recibe con los brazos abiertos y, ante mi cara de estupor, explica que allí estaba segura. La dejan allí mientras hacen sus investigaciones científicas.
En ese momento entra la francesa, madre de la niña, acompañada de tres hombres. Vienen del interior de la cueva, no del río. Uno de los hombres es un psiquiatra y los otros son psicólogos. Entre todos –padres, psiquiatra y psicólogos– discuten los efectos de la caja sobre el bienestar de la niña y concluyen que no constituye ningún problema; la niña no sufrirá ningún trauma. Y yo pienso: “Esta gente sí es hipie”.
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