Estimada gente de Hive: Hoy presento un breve texto sobre un concepto que a veces me ha resultado útil para construir un cuento, o para entender con más profundidad el de algún autor.
Parto del concepto difundido por T.S. Eliot, poeta, ensayista y dramaturgo nacido en Estados Unidos y nacionalizado inglés, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1948.
Espero que les resulte interesante.
Saludos.
El "correlato objetivo" (objective correlative, en inglés), es un término proveniente del mundo de la pintura y aplicado por primera vez a la composición literaria por el autor anglonorteamericano T.S. Eliot, autor, entre otras obras famosas, del poema "La tierra baldía", que este año cumple cien años de publicado. Eliot lo define de la siguiente manera en un ensayo sobre Hamlet:
La única manera de expresar la emoción en forma de arte es encontrando un correlato objetivo; dicho de otro modo, un grupo de objetos, una situación, una cadena de acontecimientos que habrán de ser la fórmula de esa emoción concreta; de modo que cuando los hechos externos, que deben terminar en una experiencia sensorial, se den, se evoque inmediatamente la emoción.
No es un concepto simple ni su aplicación en la técnica literaria puede ser mecánica. Y, por supuesto, es discutible que esa sea “la única forma de expresar la emoción”. Pero dejemos eso por ahora.
De lo que se trata es de suscitar en el lector una emoción a través de unos objetos, una cadena de acontecimientos o una situación no conectados de manera evidente con la emoción que el autor quiere expresar. De allí la condición “objetiva” del “correlato” (definición de la RAE: Término que corresponde a otro en una correlación.)
Una de las dificultades de la aplicación del correlato objetivo es encontrar la secuencia de acciones, imágenes, u objetos que sirvan para construir o evocar o suscitar esa emoción a la que se hace referencia. Se da por descontado que el correlato objetivo no puede ser ni tan arbitrario que la relación sea imposible de captar, ni tan previsible que resulte un lugar común.
Eso nos lleva a una situación obvia: hay saber lo que se quiere comunicar, no informativamente, sino emocionalmente. O sea: qué emoción queremos evocar en el lector. Si no tenemos esto claro es imposible concentrar en unas pocas imágenes (o en una sola) la carga emotiva del texto.
Aunque Eliot se refería específicamente a la poesía, el concepto es perfectamente aplicable a los cuentos. De hecho, es un recurso que podemos ver empleado magistralmente por Ernest Hemingway en muchos de sus relatos, donde la gente ejecuta unas pocas acciones anodinas a la vez que dialoga sobre cosas banales mientras subterráneamente se construye una historia de soledades e insatisfacción. De la forma en que lo practica Hemingway, viene a estar relacionado con su llamada “teoría del iceberg”, que dice, más o menos, que en un cuento, la parte que conocemos, la parte visible, es la más pequeña y menos importante. Pero esto nos llevaría a otro tema.
Otro ejemplo a mi parecer magnífico lo constituye el cuento “Cachalo”, del narrador venezolano Gustavo Días Solís, en el que un muchacho captura (o mejor dicho: arponea) un pez magnífico, solo para desilusionarse luego y dejarlo abandonado a las hormigas que lo devorarán. En el último párrafo, el cuento cierra con la imagen de un martín pescador que vuela de una rama y roza el agua, dejando en los lectores un atisbo de serena melancolía. Y allí está el correlato objetivo.
Si trasladamos la creación del correlato a las palabras, podemos terminar "diciendo" lo que debemos trasmitir, es decir: verbalizando la emoción; y Eliot apunta a lo contrario: no decir la emoción, sino provocarla.
Para poner un ejemplo hipotético: si escribo un cuento sobre la tristeza del abandono amoroso, la forma menos adecuada, más pobre y plana de provocar la emoción es decir "Juan estaba triste porque su novia lo abandonó". El reto es construir una secuencia de situaciones, imágenes, etc, que transmitan la sensación de tristeza, en este caso, sin mencionarla.
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GRACIAS POR SU LECTURA. VUELVAN CUANDO QUIERAN