“… como los buenos poetas a quienes la tiranía de la rima obliga a encontrar sus máximas bellezas”.Marcel Proust
Una deformación en mi oído interno (ese laberinto que alberga al Minotauro) lleva a que la recepción de cierta frecuencia de ondas sonoras, la cual desafortunadamente se asocia con la que emite la mayor parte de las personas (incluida la mía) al hablar, me provoque nauseas.[1] Ciertos individuos han logrado, mediante una exposición sostenida, que mi cuerpo se convulsionara con repetidas y agudas arcadas. Eran, aquellos, momentos de indecible tormento que no encontraban alivio aunque vomitara hasta las propias entrañas y que solo concluían cuando la pestífera voz se callaba. Es por eso que de un tiempo a esta parte he procurado que todo mi contacto con el lenguaje humano no pasara de la palabra escrita.
Sin embargo, debí aprender, con no poco sufrimiento, que en la palabra escrita latía todavía una amenaza. Porque ha habido ocasiones en las que alguna frase que, hallada en un escrito, en un principio encontrara sublime, tomara de pronto un cariz perturbador si accidentalmente me era dado escucharla, ya fuera pronunciada por mí (si acaso en un rapto de lirismo inconsciente la recitaba) o por algún otro; entonces me penetraba tan hondamente su musicalidad, y con consecuencias tan desastrosas, que me urgía eliminarla tanto de la hoja que le servía de soporte como de mi mente. Y es que ahora el solo recuerdo de su sonoridad, sin necesidad de que fuera efectivamente pronunciada ante mi persona, era suficiente para dar origen al temido malestar; como si mi memoria lograra reproducir la deformación anatómica de mi oído interno en un nivel puramente psíquico.
Pero esto que en un principio se había limitado al caso de algunas frases puntuales que yo entonces recordaba por parecerme transportadoras de alguna verdad o de alguna belleza particular, pronto se extendió a otras frases menos felices y alcancé a vislumbrar la posibilidad de que comenzara a ocurrirme con cualquier lectura, incluso con las más banales, puesto que el recuerdo no solo se nutre de lo excelso y ya había voces de lo más estúpidas que amenazaban con colarse en mi memoria. Así es que al cabo no me fue suficiente con evitarme entrar en contacto con voces humanas, sino que debí esforzarme por descartar de mi mente toda huella psíquica de la palabra hablada, lo que conseguí tras muchos años y con no pocas recaídas. No obstante, hoy he logrado tal dominio sobre mi enfermedad que puedo llegar a estar frente a alguien que parlotee durante dos horas seguidas sin escucharlo en lo más mínimo. No es que sea sordo, oigo sin inconvenientes cualquier otro tipo de sonido o ruido; pero uno no escucha lo que no conoce y yo he eliminado de mi realidad el sonido del lenguaje humano.
Ha de entenderse entonces que nociones como la rima y la métrica no tienen para mí mayor valor. Lo cual, por cierto, no quiere decir que no pueda escribir versos respetuosos de una métrica determinada y bien rimados, puesto que conozco las leyes de acentuación, las reglas de silabación y, evidentemente, puedo reconocer la coincidencia gráfica del final de dos palabras o, más exactamente, de sus expresiones fonéticas, ya sea para registrar rimas consonantes o asonantes (aunque ignoro el motivo de esa predilección por las vocales sobre las consonantes). Pero todas ellas son para mí hoy nociones tan abstractas como la del alma, en las que solo puedo pensar como entidades que forman parte de un universo ficticio; no son al cabo más que una construcción lógica y ni el hecho de que mi conciencia las registre como parte de una vivencia pasada ni de que tema experimentarlas en el futuro las vuelve reales.
Escribí más arriba que la rima y la métrica no tienen para mí mayor valor. Hay que ver que ese comentario es incompleto, puesto que la oración concluye con un adverbio intensificador: “mayor”, es decir que falta la proposición subordinada con la que la comparación iniciada se cerraría. La pregunta es entonces: ¿La rima y la métrica no tienen para mí mayor valor que qué? La rima no es más que la repetición de una secuencia de fonemas a partir de la sílaba tónica al final de los versos. Como ya puede comprenderse, tanto el concepto fonema como el de de sílaba tónica son para mí ficticios; pero en el idioma español hay una alta correspondencia entre los fonemas y las letras, con lo cual muchas de esas rimas suelen mostrar una repetición gráfica en el final de los versos. Lo cual, ciertamente, tiene ese valor estético que brinda toda simetría; sin embargo, no hay razón para juzgarlo mejor que si esas repeticiones se produjeran, por caso, en el comienzo de los versos, o en medio de ellos, o en un espacio que varíe de verso a verso de forma escalonada o incluso salteada. Por otro lado, la métrica, es decir, la coincidencia del número de sílabas que contiene cada verso, es, por lo arbitrario o antojadizo de los criterios de silabación, mucho menos interesante que si la coincidencia entre versos se encontrara, por ejemplo, en el número de palabras o de caracteres empleados.
En definitiva, aunque es cierto que las reglas de la rima obligan al poeta a encontrar relaciones entre palabras que de otra forma tal vez no surgirían y que de entre ellas puede brotar una belleza particular, tal como expresara Proust, no es menos cierto que reglas diferentes pero equivalentes logren otro tanto, y cabe preguntarse también si acaso el sometimiento de nuestro poeta a alguna tiranía mayor que la de la rima no podría forzarlo a encontrar bellezas más portentosas en tanto que exclusivas.
En ese sentido, y siendo la simetría el principio que subyace en la rima (también en la métrica), debería juzgarse, en el ámbito de la escritura, a esa repetición secuencial de unas pocas letras al final de cada verso como una hermana menor de otras manifestaciones que hallan su justificación en la repetición de la totalidad de las letras empleadas y que, no obstante, consiguen variar el significado, como es el caso de los calambures, de los anagramas (si bien aquí la repetición de las letras no es secuencial) y de lo que acaso deba considerarse la simetría mayúscula del reino de la escritura: los palíndromos, en los que la secuencia de letras se repite en su totalidad en orden invertido.
Es cierto que estas consideraciones dejan de lado el aspecto fundamental y meritorio de la rima y la métrica: la musicalidad. Pero entonces debe reconocerse que su sentido estético, su belleza, su justificación poética, reside en la sonoridad, en la palabra dicha, en la declamación y el canto. En ese orden de cosas, cabe pensar que harían mucho mejor nuestros poetas si en lugar de publicar este tipo de poemas por escrito, contribuyendo con ello a la proliferación de libros inútiles, los grabaran sonoramente para distribuirlos en soportes de audio. ¿Acaso elegimos leer las partituras de las piezas musicales antes que escucharlas interpretadas? ¿Por qué entonces habría de preferirse leer, en lugar de escuchar, aquellos versos cuya razón de ser se revela en su sonoridad?
Sin embargo, es tal el grado de insensatez que gobierna estos asuntos, que cuando se trata de versos obedientes a la rima y la métrica, la crítica especializada no duda en hablar de poesía, a la que se la considera propiamente como un género literario; en cambio, a los anagramas y palíndromos se los observa apenas como a simples juegos o curiosidades lingüísticas. Teniendo en cuenta que la literatura refiere a la palabra escrita, parecería más acertado aceptar como géneros literarios a las expresiones que se relacionan de forma directa con ella antes que a las que debe vincularse primariamente con la palabra hablada.
Que se valore la rima en toda su dimensión, nadie se opone a ello, pero que se lo haga en su dominio, la oralidad, que es el ámbito que acredita tal valoración. La escritura de las rimas acaso se justifique tan solo como una suerte de guía para quien vaya a declamarla, con la gracia necesaria, frente a un auditorio. Pues tan ociosas resultarán las rimas de los versos impresos ante una decodificación silenciosa, propiamente visual, es decir, en una lectura que no descubra los sonidos,[2] como ocioso resultaría, por poner un ejemplo, para el espectador de una obra teatral el que los parlamentos que pronuncian los personajes constituyeran palíndromos.
Si bien el trastorno auditivo que padezco me ha condenado a resolver mi tránsito por esta vida al margen de la expresión oral, no es esa particular circunstancia la que motiva mi alegato. Sería, en efecto, un grave error interpretar mis manifestaciones como originadas en el rencor, la envidia, o algún otro sentimiento por el estilo, hacia quienes gozan de una existencia plena de palabras pronunciadas y escuchadas. La realidad que me ha tocado en suerte la acepto con sumisión y humildad, entendiendo, como se desprende en el fondo de todo lo que aquí se ha expuesto, que las privaciones que se nos imponen se constituyen en los fundamentos que conducen hacia niveles más profundos de conocimiento.
[1] Siendo rigurosos, la afección no es debida tan solo a la frecuencia de onda que recibe mi oído, sino que está implicada la desafortunada combinación de todas las particularidades e inflexiones que caracterizan la modulación de las voces parlantes. Es por economía, aunque también por tratarse del rasgo más saliente involucrado, que el texto se limita a mencionar la frecuencia de onda.
[2] Debemos reconocer, no obstante, que aun cuando el lector no emita sonidos puede estar “escuchando” psíquicamente las palabras que lee. Es, de hecho, esa posibilidad de reproducir mentalmente los sonidos de las palabras leídas lo que prolongó mis pesares incluso después de que limitara mi contacto con el lenguaje a la palabra escrita. Pero, así y todo, esta suerte de audición virtual es, para toda persona y por muy potente que sea su capacidad de abstracción, de una fuerza y riqueza muy inferior a la audición real.