Casa
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Más que una fueron dos, ambas de madera y techo en forma de triángulo, como las casas que dibujaba de pequeño. Entre ambas casas solo unos escasos metros. Siempre de una para la otra.
La primera era de color verde, o al menos las puertas y ventanas eran verdes. La puerta de atrás: doble, daba a una cocina, en la cocina dos mesas. En la primera mesa se ponían los trastes limpios y se preparaba la comida. La segunda mesa, más elegante, era donde se comía.
La ropa se lavaba ahí cerca justo en el portal. El portal era grande, tratando de encerrar la casa, alrededor de tres de los cuatro lados: norte, este, oeste. Aprendí los puntos cardinales en esa casa.
Dos habitaciones, una con la ventana siempre cerrada y a oscuras, otra con una ventana que se abría justo por la mitad y se cerraba con un clavo grande y oxidado.
La sala era un salón enorme, cuatro sillones de madera, dos bancas pequeñas, y cuatro sillas verdes de metal plegables. Las sillas a veces estaban en la sala, a veces en la cocina.
En la sala habían dos televisores en blanco y negro, el más antiguo funcionando como mesa al más moderno. Recuerdo el Jawa en la sala durante un tiempo, y también recuerdo una cama provisional, pero de esas dos cosas los recuerdos son vagos.
A veces escuchaba historias sobre el origen de la casa, si primero fue un bar, si después fue parte de una escuela. Todas esas historias se me mezclan a estas alturas en mi cabeza. Quizás con el tiempo las olvide.
La segunda casa era más pequeña, mucho más pequeña. Una cama grande dos cunas, una televisión, un fogón de querosene, una lavadora, un clóset de madera (otra vez verde), todo junto sin apenas espacio para caminar.
El patio era lo mejor, amplio sería un adjetivo que quedaría chico. Todo lo que un niño hubiese querido a la ausencia de juguetes. Árboles grandes de frutas rojas, un jardín pequeño con plantas sin flores, bloques apilados. El patio era un mundo por explorar y también un lugar de trabajo.
Me pierdo pensando en aquel lugar y lo poco que regreso a él, se que en algún momento de mi vida no regresaré más allí, y solo me quedarán los recuerdos. Y quizás, después, si mi vida es larga también los dejé ir.
La puerta que da a la calle es grande se abre en una más pequeña que es la que siempre se utiliza para entrar y salir. Hay herramientas de mecánica en el suelo del portal y piezas llenas de grasa, yo entro corriendo, tengo un nuevo libro, es una revista de unas pocas hojas.
Aún tengo puesto el uniforme de la escuela. Ya leo rápido, pero me cuestan las restas y las multiplicaciones, aún así resuelvo ambos problemas con las sumas, que si las hago bien. No me gusta la educación física y parece que eso es un problema para todo el mundo, menos para mí. Quiero ser pintor cuando sea grande.
Puedo caminar por toda esa casa: desde la puerta de hierro hasta la cerca del fondo, pasar entre la guayaba y donde ahora está la cereza, entre las dos casas, el pozo, subir al portal y volver a salir por la puerta de hierro. Miro a cada persona que ahí vive y me miro a mí mismo jugando, con una felicidad que hoy no comprendo. Los miro a todos y me compadezco de mi presente, y me culpo de lo que hice mal y si hice daño sin querer hacerlo, pido perdón y les sonrió porque no dudo de lo mucho que los quiero.
Esta es mi Bitácora, un espacio personal donde registro mis días en Hive y mi vida. Aunque es de uso personal, estás invitado a curiosear y pasear por aquí. Siempre en construcción, como yo. — Un Mapache Explorador 🦝