Nunca le había escuchado decirlo, pero lo sabía. No recordaba alguna ocasión en que lo dijera, pero lo sabía, sabía que me quería. Quizás por algunas pequeñas cosas, acciones que lo demostraban, que me hacían notar que no era necesaria la palabra hablada para saber que yo si le importaba aunque sea un poco. Y así descubrí que realmente importan más los hechos que las palabras.