$200 de inicial y un credo en la guantera

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Hay una realidad innegable en las calles de Caracas: las motocicletas se han multiplicado como plaga de temporada. Hoy en día, con apenas doscientos dólares de inicial y un esquema de financiamiento agresivo, cualquier muchacho sale de un concesionario con una moto nueva bajo el brazo y cero kilómetros de experiencia en la frente. El resultado es un enjambre diario de motorizados que parecen competir en una maratón invisible, conduciendo con la urgencia desesperada de quien necesita un baño con urgencia suprema.

Intentar cambiar de carril se ha vuelto un deporte extremo. Pones tu luz de cruce, miras por el retrovisor y, de la nada, se materializa una hilera de motorizados a ambos lados tocando corneta como si el asfalto entero les perteneciera. Los motorizados de trabajo han reemplazado el acto cívico de recortar la velocidad por el uso agresivo de la bocina, operando bajo la premisa de "te aviso con ruido que voy pasando, así que quítate, porque yo no pienso frenar".

Por si fuera poco, la moda de inventar piruetas en plena vía pública regala una estadística trágica: en Caracas no pasa un solo día sin que se reporten accidentes de tránsito protagonizados por estas balas sueltas.

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Esta crisis urbana es aún más evidente cuando recordamos que la ciudad tuvo orden. En los años 80, bajo el amparo del Reglamento de Circulación de Motocicletas de 1985, las motos de baja cilindrada tenían terminantemente prohibido circular por los canales rápidos de las autopistas; su tránsito estaba confinado estrictamente al hombrillo o a las avenidas secundarias y "caminos verdes".

Hoy en día, aunque las normativas vigentes siguen exigiendo que se mantengan en el hombrillo, la falta de fiscalización severa y la ausencia de multas reales han creado una masa de conductores que ignoran los semáforos en rojo y se sienten los reyes absolutos de la vía.

Lo viví en carne propia recién. Tenía mi luz de cruce lista para entrar al estacionamiento del supermercado cuando, por arte de magia, un bólido apareció de la nada para estamparse contra la puerta de mi copiloto. Me bajé echando chispas, dispuesta a reclamar lo indiscutible. Pero el show duró poco: bastaron un par de minutos para que se armara el típico enjambre solidario alrededor (esa conducta tribal donde motorizados ajenos al hecho hacen masa para ejercer presión psicológica), y el genio que me había chocado comenzó a insultarme a gritos, intentando voltear la tortilla.

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En cuanto le dije (con aparente calma, porque por dentro estaba que ardía) que lo mejor era esperar a las autoridades de tránsito para que levantaran el parte, la valentía se le evaporó. Se montó en su corcel de hierro y se largó a toda velocidad, sabiendo perfectamente que llevaba todas las de perder ante la ley.

El clímax de esta anarquía colectiva ocurre cada vez que cae una gota de agua sobre la capital. Como los espacios públicos diseñados para que los motorizados se resguarden de la lluvia obviamente no son suficientes, ellos deciden de manera unilateral parar bajo cualquier elevado o distribuidor.

No se estacionan en el hombrillo; ocupan de forma desmedida absolutamente todos los canales de la autopista, apagando los motores para esperar a que escampe. Esta acción, además de ser ilegal, secuestra el libre tránsito de la ciudad, obligando a los carros a detenerse a mitad de una vía rápida y generando un caos vehicular kilométrico simplemente porque un grupo decidió que su comodidad vale más que el tiempo y la seguridad de los demás.

Al final, lidiar con esta jungla urbana de dos ruedas te obliga a dosificados las revoluciones. Nadie cuestiona la moto como una herramienta de trabajo y supervivencia económica en el país, pero el derecho a ganarse la vida no puede pasar por encima del civismo. Nos guste o no, la paciencia se ha convertido en el único chaleco antibalas disponible. Porque en esta ciudad, proteger la paz mental y el parachoques requiere tanta maña como esquivar a un enjambre de moscas con delirios de Johnny Cecotto.

ENGLISH

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There is an undeniable reality on the streets of Caracas: motorcycles have multiplied like a seasonal plague. Nowadays, with barely a two-hundred-dollar down payment and an aggressive financing plan, any young kid walks out of a dealership with a brand-new bike under his arm and zero kilometers of experience on his forehead. The result is a daily swarm of motorcyclists who seem to be competing in an invisible marathon, riding with the desperate urgency of someone who needs a bathroom with supreme priority.

Trying to change lanes has become an extreme sport. You put on your turn signal, check your rearview mirror, and out of nowhere, a line of motorcyclists materializes on both sides, honking their horns as if the entire asphalt belonged to them. Delivery riders have replaced the civic duty of slowing down with the aggressive use of the horn, operating under the premise of "I'm warning you with noise that I'm passing, so get out of the way, because I have no intention of braking."

As if that weren't enough, the trend of doing tricks in the middle of public roads offers a tragic statistic: in Caracas, not a single day goes by without traffic accidents being reported featuring these wild cards.

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This urban crisis is even more evident when we remember that the city once had order. In the 1980s, under the protection of the 1985 Motorcycle Traffic Regulations, low-displacement motorcycles were strictly prohibited from riding in the fast lanes of expressways; their traffic was strictly confined to the shoulder or to secondary avenues and backroads.

Nowadays, even though current regulations still require them to stay on the shoulder, the lack of strict enforcement and the absence of real fines have created a mass of drivers who ignore red lights and feel like the absolute kings of the road.

I experienced it firsthand recently. I had my turn signal on, ready to pull into the supermarket parking lot when, as if by magic, a speeder appeared out of nowhere and slammed into my passenger-side door. I got out of the car fuming, ready to demand accountability for what was undeniable. But the show was short-lived: it only took a couple of minutes for the typical solidarity swarm to form around us (that tribal behavior where uninvolved riders group together to exert psychological pressure), and the guy who had hit me started screaming insults at me, trying to turn the tables.

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As soon as I told him (with apparent calm, because inside I was boiling) that it was best to wait for the traffic authorities to file the report, his bravery evaporated. He got on his iron steed and sped off, knowing perfectly well that he had everything to lose before the law.

The climax of this collective anarchy occurs every time a single drop of rain falls over the capital. Since the public spaces designed for motorcyclists to take shelter from the rain are obviously not enough, they unilaterally decide to stop under any overpass or highway interchange.

They don't park on the shoulder; they excessively occupy absolutely every lane of the highway, turning off their engines to wait for the rain to clear. This action, besides being illegal, hijacks the free flow of traffic in the city, forcing cars to come to a complete stop in the middle of a fast lane and creating kilometer-long traffic jams simply because a group decided that their comfort is worth more than everyone else's time and safety.

In the end, dealing with this two-wheeled urban jungle forces you to dose your inner rage. Nobody questions the motorcycle as a working tool and economic survival strategy in this country, but the right to earn a living cannot trample on civic duty. Like it or not, patience has become the only available bulletproof vest. Because in this city, protecting your peace of mind and your bumper requires as much knack as dodging a swarm of flies with delusions of Johnny Cecotto.

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Contenido de mi autoría. Fotos propias. Portadas de Canva
Traducción con DeepL.

Original content. The images are my own. Covers form Canva
Translation with DeepL

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