Dos octavas, una sola melodia

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No sé que me tiene más obsesionado si sus labios, sus ojos o su voz; pero una cosa si la tengo clara: la amo.

Y no es un amor improvisado. Adolescente. Carnal. No es un capricho pasajero, un antojo de invierno o un arrebato hormonal.

Viene de dentro. De lo más profundo de un ser aletargado, sonámbulo, obediente, racional y sistemático que ha visto, sin querer, un luz blanca al fondo de un túnel grisáceo y lluvioso.

Es más bien un salto al vacío sin saber si se va a abrir el paracaídas. Ni si quiera, si llevas uno puesto. Un escalar al borde de un precipicio sin cuerdas ni ataduras en un día de temporal. Es soltar el volante y dejar de mirar la carretera. Y cerrar los ojos.

Para estar con ella.

Y confiar que todo va a salir bien. Que el paracaídas se abra instantes antes del impacto, que el viento te empuje a la roca y no al abismo, que el coche se detenga por si mismo.

Y anhelar que al abrirlos, - los ojos - lo único que vea sea un velero al horizonte, entre dos tierras, detrás de esa cristalera infinita. Y una habitación blanca. Y una cama enorme, de sabanas blancas, desordenadas, que apenas ocultan su cuerpo desnudo. Mientras duerme.

Para acercarme a su oido. Y susurrarle:

  • Buenos días, preciosa

Y que ella, con esa sonrisa descomunal, feliz, protegida, segura me responda:

  • "Buenos días, mi guapo!"
  • "¿Qué tal?
  • "Ahora bien. Aunque he tenido un sueño raro. Una pesadilla. Soñé que estábamos a miles de quilómetros de distancia. Soñé que no te conocía, que tenías otra vida. Que yo vivía encerrada. Sin poder salir por miedo a la inmundicia humana"

Y que yo me acerque aún más, le coloque la mano en sus mejillas y le diga:

  • "No te preocupes, soledadymar@soledadymar. Solo ha sido un mal sueño"

Y nos perdamos en un beso infinito.