Cuento corto: Estocolmo ✍️✍️

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▪️ Estocolmo ▪️

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El tiempo pasa, las oxida y las reduce en su máxima expresión, pero las cadenas nunca se rompen. Jamás claudican. Te permiten danzar vivazmente, jugando en el letardo de un soporífero olvido, más no consigues escapar de tu propia prision.


Vivo en la lluvia, me seduce la entrega del mar y su congenita rebeldía, pues un poco me siento enfundado en toda esa ira que estalla contra las rocas. Tan sublime como irascible, es mi propia percepción contra las palabras que nunca fueron profetizadas. Es el Estocolmo que nos ahoga.

Lo creo lejos y lo siento cerca, enredado entre cobijas que ahogan mas de lo que protejen. Me refugio en la nada, levantando paredes de cartón y creyendome superior a esta fuerza indomable e inentendible. Pero es allí donde crece el hogar y donde lo inexistente jamás se materializa. Es en la cárcel donde los pecados son exhumados. ¿Es que, acaso, ha llegado mi momento de prescindir del infierno?

La salinidad endulza mi parecer, destilando su característico ardor sobre mi congoja subyacente. Te veo en donde no estás, te encuentro en donde te perdí. Las palabras trastabillan profanas desde su origen, sólo sé blandir mi escudo y permitirme el enloquecer en Estocolmo.

El reloj ha desgastado sus manecillas y la brújula perdido su norte, la espuma salta en un abrazo eterno y me pierde en su voracidad. No hay nada dicho en mis próximos pasos, pues ando haciendo y deshaciendo al andar. Mi conciencia sólo conoce de lugares comunes, de refugios desahuciados y desvencijados por el fuego; pero mis caminos siempre conducen a Estocolmo.

La tormenta desdibuja el horizonte, quisiera abrazar su negrura de algodón. Las montañas se pierden con la misma facilidad que mi hilo de pensamientos, redacto con la misma sutileza que el mar agobia a las piedras. La calma aflora, en el exacto momento en que la desidia cede su lugar a lo mundano de la empatía. Siento pena por Estocolmo.

Mi vision recupera el color, aprecio con gratitud la turquesina transparencia y ladeo mi cabeza, en búsqueda de algo de aire fresco que me abrace. El mar me recita algunas palabras profanas, balbuceando su sabiduría en cada desdén, tan antagónico como elocuente. La calma suscita dolores viejos e incandescentes, las heridas vuelven a despertar, pavoneándose en mi laxa tranquilidad.

Es sólo en Estocolmo que las memorias se reproducen hacia atrás, te marean en una danza inentendible de hilos desgreñados y sin sentido. Es allí donde la incongruencia reina y los candados gritan a viva voz, rogando y vibrando atención; la desdicha de venerar aquello que ya claudicó. El facineroso engendro que afila sus colmillos por más, sediento.

En mi Estocolmo, no hay finales que suscitar.

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Textos que surgen espontáneamente, cuando uno se deja ir entre letras después de mucho, mucho tiempo...

Es un día bastante feo y frío en Taormina, no Estocolmo. Taormina, Sicilia. Pero, como dice el texto, todos los caminos conducen a Estocolmo... El mar que ayer vi sumamente calmo, hoy estaba enloquecido. Y nada más lindo que admirarlo en silencio desde el puerto.

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