Hemos sido enseñados a dar lo mejor de nosotros, a ser la mejor versión que nuestro ser nos permita ser.
A volar alto, a extender nuestras alas y llegar a crear y creer en lo impensable.
Pero con un límite.
Es contradictorio y desalentador a gran escala.
Nos enseñan que podemos lograr lo que sea pero que debemos limitar nuestras acciones.
Existe una historia, la de Ícaro, la de aquel que voló muy cerca del sol.
De aquel que por su soberbia calcinó sus alas y cayó desde tan alto que tocó fondo como nadie lo haría por siglos.
Soberbia dicen.
Yo diría que valió la pena, aunque cayó directo al abismo de la realidad, valió la pena.
¿Qué cosas tan maravillosas no habrá presenciado Ícaro antes de caer?
¿Qué pensamientos impensables no habrán cruzado por su mente antes de ser absorbido por el pánico de caer en picada?
¿Si Ícaro hubiera sobrevivido volvería a volar tan cerca del sol?
Sí yo fuera él, lo hubiera hecho sin duda.
Porque no hay que tener miedo de volar y caer.
Hay que temer de quedarse estancado y caminar en círculos sin llegar a ningún destino.
No es soberbia.
Es la naturaleza propia del ser humano, está en nuestro sistema el descubrir lo desconocido.
No debemos luchar contra nosotros mismos.
Sólo seamos como Ícaro y volemos cerca del sol, sólo que aprendamos de los errores pasados y tengamos un plan de reserva para no caer.