El Obsequio, óleo sobre lienzo
Para entender el significado de este retrato debemos retrotraernos a los orígenes del rey-dios Trufo I y Único de Picholetera.
Antes de conocer la vida militar que le acabaría trayendo la gloria eterna, Trufo dedicaba su juventud a llevar una vida de maleante en los barrios bajos del territorio posteriormente unificado bajo el reino único y universal que él construyó con la fuerza de su voluntad perruna.
Nacido en una camada pobre, su fiereza nata pronto le acabó haciendo conocer una vida delictiva e incorregible sembrando el caos para sobrevivir, aunque más tarde a modo de diversión.
La peor de sus actividades consistía en robar calcetines. Su mala fama le hizo granjearse en el submundo el burdo sobrenombre de "El Chufas", como sería conocido durante toda su juventud.
Solo era cuestión de tiempo que acabara ingresando en prisión para responder por todos sus crímenes, y allí le fue dado a elegir entre incorporarse a la vida militar como reservista o recibir el castigo apropiado: un azote en el culete con un periódico enrollado. Dado su orgullo inconmensurable de juventud, escogió la primera opción y es entonces cuando se forja su leyenda... Su elección coincidió con el reclutamiento masivo de perretes para la gran guerra contra las avispas, (de la cual se hablará en otra ocasión) cuyo éxito y hazañas le permitió adquirir la reputación suficiente para continuar por su cuenta como guerrero de fortuna.
Trillones de años más tarde, ahora reflexivo y sabio, purga sus delitos de antaño obsequiando cada tarde al pueblo de Picholetera un par de calcetines enrollados a modo de disculpa.
Como se puede ver, Trufo requirió que yo fuese incluido en el retrato en un toque de originalidad para hacerlo ver como si fuera una fotografía tomada despreocupadamente con un teléfono.