Son ellos, están aquí.
Nos miran en la penumbra,
secretamente sin hacerse sentir.
Penetran en nuestra conciencia con el fin
de dominarnos y hacer de nosotros sus esclavos.
Emanan una luz interna que nos ciega.
Liberarnos es casi imposible.
Son tan poderosos como nuestros espíritus.
Fantasmas que se nutren de pecados ajenos.
Materias abstractas que deambulan por la calle
de nuestra vida.
Para ellos no existe ni tiempo ni espacio.
La eternidad es su condena.
La maldad es su ambición.
Insaciables, despiadados,
quieren determinar nuestro destino.
Ecos de soledad que se reflejan sobre las vitrinas de los almacenes,
en el Guernica de Picasso
y en las bombas de la guerra.