Nocturne
Lucille tenía un amante, Adam, un joven de familia adinerada, y el hombre del que me había enamorado hacía ya más de dos años. Adam y yo nos conocimos en el club, e intercambiamos números de teléfono en ese momento. Salimos algunas veces, y en una de ellas yo me entregué a él, el primer hombre que había amado. Todo estaba marchando bien para nosostros hasta que Adam conoció a Lucille, esos ojos grandes y castaños, aquella figura envidiable, ella lo sedujo, de eso no me cabe la menor duda. Recuerdo haberme vuelto loca al ver sus cartas, lo que se decían el uno al otro, aquellas insinuaciones, todo parecía una pesadilla, coloqué las cartas justo entre las telas que las envolvían. Le conté a mi madre lo que había descubierto, pero no creyó mis palabras, algo le había hecho Lucille para que le creyese a ella y no a su propia hija. Recurrí a Chris, pero se enfadó conmigo y aunque había logrado sembrar algo de duda, no termianaba de creerme. Esa noche Lucille y Chris salieron a cenar y sin pensármelo dos veces fui a su habitación, saqué las cartas y las llevé conmigo hasta el centro de copiado, comencé a fotocopiar cada una. Cuando estuvieron de regreso, Lucille recibió una supuesta llamada de su madre, pedía que se quedase con ella pues estaba enferma, Chris la dejó marchar, pero yo sabía lo que esa llamada significaba, era una excusa para verse con Adam, mi Adam. Tan pronto como Lucille salió yo subí a mi auto y comencé a seguirla, no estaba equivocada, Lucille estaba parada frente a la casa de Adam, mirando sin parar hacia los lados, temerosa de ser vista, de que su romance secreto fuera descubierto. Adam salió, le acarició y la abrazó, mirarlos era masoquista, sentía el calor apoderarse de mis mejillas, la sangre hirviendo debajo de mi piel, era impotencia, era rabia, era dolor, era un deseo de venganza que escalaba cada centímetro de mi cuerpo, estaba dolida, odié con locura cada instante que fui gentil con ella y cada vez que le di a él mi confianza. Una persona cuerda se hubiese ido, pero algo se rompió dentro de mí en ese preciso momento, no sabía si había sido mi corazón o mi cordura, o ambos, pero no me aparté de la calle, me quedé en el auto hasta la mañana siguiente, pensando cada mentira que me dijo, analizando los tiempos, todo encajaba, y me sentí más traicionada que nunca, y no hay sentimiento peor que ése. Eran las nueve de la mañana cuando la vi salir de la casa, mi pie se afincó del acelerador mientras ella se acercaba a cruzar la calle, no podía detenerme a mí misma, una sombra de sufrimiento era lo único que podía ver frente a mis ojos, quería venganza....
Continuará...