La vida de un activista social no es como dicen en las películas, no son reuniones con personas importantes, fiestas con miembros de otras organizaciones y desenfreno por la juventud. Aunque a veces incluya eso, la mayor parte del tiempo es madrugar para ir a sitios lejanos de tu estado, no comer lo suficiente, no dormir cómodo ni tener realmente un sueldo, pero, no podría haber algo que llenara más vida que hacer esto.
Pese al cansancio al final del día, las manos ampolladas, la piel quemada y el cuerpo agotado hasta la extenuación, mi alma y mi corazón se llenan al saber que marcó la diferencia. Todo comenzó con un día del niño en el momento más crítico de mi vida, donde la prioridad eran las chicas, la fiesta y los excesos. Una amiga necesitaba gente para hacer de payaso en un evento y con la excusa de pasar tiempo con ella acepte, muchas horas de ensayo, inversión de tiempo y dinero para que todo quedara perfecto como ella quería. Después de ese día, pese a los mil errores, el cansancio y el ejército interminable de niños, quede enamorado de esa vida, regalar sonrisas y un día diferente a los demás.
Con el pasar de los años, mi tiempo de payaso término, entre a la universidad y deje de ayudar a mi amiga, pero mi deseo de marcar la diferencia se hacía más y más fuerte. Dentro de mi ciudad alguien dio el paso al frente y creo una fundación llamada “Juventud de Venezuela por el Mundo” cuyo fin era generar un cambio en la conciencia de las personas, mostrar que no todo estaba perdido y que podíamos seguir luchando por recuperar nuestro país. Como mucho otros jóvenes entre a esa fundación donde mis manos se llenaron de cortes, mis piernas se cansaron incontables veces y fui a sitios abandonados por la fe del hombre. Lugares donde limpiamos parques y caminos, llevamos asistencia médica y nutricional, ayudamos en diferentes proyectos a otras fundaciones y poco a poco generábamos el cambio que tanto se desea.
Un año paso desde que entre a esa fundación, conocí personas, viaje a diferentes sitios, trabaje junto a otras organizaciones y solo puedo decir, que el camino es duro, pero vale la pena todo lo que sufrimos para ayudar a personas que lo necesitan mucho más que nosotros, dentro o fuera de la fundación seguiré haciendo lo que amo y aunque mis manos se vuelvan a llenar de heridas, el trabajo valdrá la pena.
Si deseas saber más sobre a verdadera vida de un activista social en Venezuela. Por favor deja tu comentario.