El viento helado azotaba su rostro como un látigo al rojo vivo. El frío quemaba tanto sus mejillas que casi no pudo sentirlas. Aparte del soplar del viento del norte, no podía escuchar nada más, ni siquiera el sonido del trineo al arrastrarse por la nieve a más de veinte kilómetros por hora.
Los seis grandes huskys jalaban con fuerza, haciendo parecer el peso del trineo y su pasajero como algo insignificante. La visibilidad era de apenas diez metros, a donde mirara solo había un extenso, eterno, manto blanco, amenazando con envolverlo en cualquier momento.
Los anchos lomos de sus perros era lo único que rompía la monotonía de la nieve. Zeus y Ares a la cabeza, ambos de pelaje negro y grueso, fuertes. En el medio, se posicionaban Fafnir y Thor, el primero de pelaje blanco, el segundo blanco con retazos de pelaje gris, eran los menores. En la última hilera estaban Cerbero y Quimera, ambos de pelaje blanco y negro. Ares, el alfa del grupo, guiaba junto con su hermano.
Arthur estaba agradecido de tenerlos. Sin ellos no tendría posibilidades de sobrevivir. La sombra que los perseguía... Intentó no pensar en ello, hacía horas que la habían perdido.
Solo ahí con sus perros, en medio de la ventisca, sin ningún punto de referencia visible, Arthur pudo experimentar lo que fue la auténtica desesperanza. Hacía dos noches que debió haber llegado. Lo sabía porque estas eran la única forma de saber que las horas pasaban, durante el día todo parecía igual, incluso el sol era privado de su vista, solo la anoche le avisaba que un nuevo día venía. Dentro de esta tormenta se sentía en una especie de limbo.
Mantuvieron la velocidad por un par de horas más.
La ventisca había aminorado, y la visibilidad era mejor. Miró a su alrededor, buscando terreno conocido. Por primera vez en dos días vio las montañas, alzándose de la tierra como montículos colosales cubiertos de nieve blanca, identificó los picos más altos.
Gritó a sus perros y estos giraron casi noventa grados a la derecha, directo hacia las montañas, y también hacia la Estación de Guardia.
Al hacerlo, pudo percibir por el rabillo del ojo un punto blanco a su derecha. Este punto no era parte del paisaje, por esto Arthur pudo verlo, y llamó su atención. Desde su perspectiva se veía pequeño, parecía bailar. Le tomó casi un minuto darle significado al punto que ya empezaba a tomar forma de mancha.
Cuando finalmente lo vio, sus ojos se abrieron de puro miedo.
Gritó a los perros para que corrieran más rápido. Aumentaron la velocidad, pero Arthur temía que no fuera suficiente, al menos no para llegar a la Estación. Siguió gritando, avanzaron bastante rápido, sin embargo, las montañas aún parecían lejanas.
Un temor paralizante invadió a Arthur, superar la tormenta fue una cosa, él sabía que en algún momento terminaría, y solo debía aguantar. Pero esto era totalmente distinto, bajo ninguna circunstancia podía enfrentarse a algo así.
Volvió a mirar la mancha blanca. La figura de un oso polar de media tonelada se hacía más distinguida a cada minuto. Los huskys parecieron percibir el olor del animal, comenzaron a ladrar con mayor frecuencia. Arthur se concentró en seguir dándoles órdenes para que no aminorarán la marcha.
El trineo podía ir a treinta kilómetros por hora, con los perros dando todo su esfuerzo. El oso polar podía correr hasta a cincuenta kilómetros por hora. Estos números no le daban ningún consuelo a Arthur, la única ventaja que tenía eran los cientos de metros, que calculaba, que los separaban.
A pesar de estar lejos, Arthur podía ver la figura del oso claramente, como si estuviera solo a un par de metros. Una máquina de tres metros de longitud de puro músculo, diseñada por la evolución para matar y perdurar en estas frías tierras, con garras forjadas por la naturaleza para rasgar las pieles más gruesas, y colmillos suficientemente largos para partir en dos a un animal pequeño.
Desde la noche anterior Arthur estaba siendo perseguido por el depredador terrestre más grande del mundo. Una experiencia que no todos viven. Una experiencia que ha convertido las últimas horas de la vida de Arthur en una pesadilla. Solo sus huskys lo mantenían separado de la muerte.
Transcurrió una hora, la más larga en la vida de Arthur.
Las montañas ya estaban tan cerca que sus picos parecían perderse en el cielo. El sol se asomó parcialmente, como si quiera ser testigo de la persecución. El oso ya se encontraba alarmantemente cerca.
Los perros todavía aguantaban. Ares, el alfa, percibía el peligro en el que se encontraba su manada, estaba poniendo todo su empeño porque, podía oler que su hogar estaba cada vez más cerca.
Entonces, un sonido llegó a los oídos de Arthur. Un zumbido mecánico a la distancia. Dos puntos negros aparecieron en su campo de visión, venían montaña. Una sonrisa se dibujó debajo de su bufanda, las mejillas le dolieron, pero eso no importó. Había escuchado ese mismo sonido lo suficiente para reconocerlo en estas tierras heladas. Él mismo había montado una en varias ocasiones.
Las dos motos de nieve se acercaron a gran velocidad, como ángeles mecánicos. El color verde destacó entre la blanca nieve del panorama, Arthur no tuvo que ver el emblema amarillo para saber que eran del equipo de guardabosques. Estas motos venían de la Estación… Arthur no sabía si esto era pura casualidad, pero seguramente su novia había dado alerta a las autoridades de que llevaba dos días en la intemperie.
Con la presencia de las dos motos, el oso desistió en su caza, se adentró en el desierto helado, buscando una presa menos afortunada. En cuanto a Arthur, los oficiales lo escoltaron hasta la Estación, donde él y sus perros fueron bien atendidos. Arthur no pudo estar más agradecido con sus huskys, a los que ahora les debía la vida.
---
Pero este no fue el primer caso que se vio en el pueblo. Con el tiempo se dieron varios avisos de que algunos osos polares estaban dando caza a personas. Las criaturas estaban cada vez más hambrientas, ya no les era tan fácil conseguir comida. Su entorno estaba cambiando, impulsándolos a invadir los territorios del hombre.