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Las feministas y yo

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Las chicas siempre pasan cerca de mi casa.

A veces, me confundo con ellas por la avenida porque voy por el mismo camino.

Van vestidas con colores de verde y pintan las paredes con pinturas en aerosol.

Yo leí a Andrea Dworjing, a Kate Millet, Butler y a muchas, muchas más.

Pienso que me atraen esas supersticiones, el patriarcado, el lenguaje inclusivo y algunas más.

Me gustan todos los rituales que practican y me atrae su odio a la sociedad.

Además, tengo simpatía por la gente que cree en las fuerzas paranormales.

Sí, yo también tengo odio a la sociedad, pero no creo en esas supersticiones.

Y no sé cómo podría expresar el odio de una manera que me haga sentir bien.

Ellas odian a los hombres, se les nota. No tiene nada de raro porque yo, muchas veces, odié, pero odié a toda la gente, sin importar el sexo.

En el rostro de ellas, veo miradas que me odian.

Me odian, me tienen rencor y cargan sobre mí el relato de su batalla contra la sociedad.

La sociedad opresora, la sociedad vertical, la sociedad inmunda, la sociedad formal,

Yo soy parte de la sociedad, yo soy la sociedad, yo soy la formalidad.

Ellas están dentro de la transgresión, de la anarquía, de la rebelión, de la destrucción.

Yo también estoy con el corazón lleno de odio, en algunos momentos, porque tuve la derrota en el amor, la derrota de no gustar y todavía me duele.

Todavía me duele y yo tampoco, chicas, quiero formar parte de la sociedad.

A lo mejor, piensan que yo participo de la manifestación y estoy del lado de su batalla.

Luchamos todos por un mundo mejor, donde se puede asesinar a las personas por nacer.

Con cada niño que se mata, una mujer se libera de un destino de maternidad que el patriarcado quería para ella y eso la vuelve la nueva heroína de la libertad.

El patriarcado quiere que sean madres, quiere que sean lindas, quieren que se enamoren, quiere que tengan buen gusto.

Ellas orinan sobre la acera.

Ellas, si prueban que están liberadas, tienen que afearse, renunciar a la maternidad y el aborto es el símbolo más pleno de la rebelión, la prueba que ya te has liberado de las garras del patriarcado opresor y de toda la sociedad, que es tan formal y tiene poca poesía,

Cerca de donde camino, hay tres que tienen el cabello teñido de fucsia, fosforescente.

Avanzo cerca de ellas, me ignoran, no saben que las miro con atención y estupefacción.

Algunas más atrapan mi curiosidad.

Me detengo unos instantes porque van a escribir una pared.

Quiero ver que escriben en las paredes de la ciudad, un mensaje general.

“Aborta al machito” pintan en la pared, que está a mi costado, con un aerosol.

Son dos chicas, con el cabello muy corto, las dos muy flacas, un estilo de esos músicos que tiran flores desde los balcones de los hoteles.

Una de ellas lleva un aro en la nariz, pero seguro que lleva dolor.

Yo pienso qué difícil es estar en ésa tierra, la tierra de luchar contra la sociedad.

Es una tierra donde siempre quise llegar.

Pensar que hay una entidad que te oprime y que vulnera tu libertad para que seas parte de la sociedad y su maquinaria de seriedad, una entidad opresora que reina, el patriarcado que quiere tu mal.

Las feministas y yo | Ecency