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Un día cualquiera del mes de diciembre del año 2019, en el edificio donde vivo, nos encontramos Candelario y yo. Él me amaba y yo también le amaba. Éramos felices novios enamorados; así finalizamos el año: amándonos.
Ha comenzado el nuevo año 2020. Aquellos días felices del pasado, desaparecieron. Hoy nos mata el desasosiego, la tristeza y un virus.
Estamos confinados en soledad, solos y desamparados; juntos con la pandemia. Junto al olvido, al descuido. Un día pasado, el sacerdote dijo: “Acepta Usted, Martina Palermo, por esposo a Candelario, amarlo, respetarlo y servirle para toda la vida”; respondí que sí. Y, además, lo besé en los labios.
Luego, todos nuestros amigos del edificio nos aplaudieron. Recuerdo ese momento feliz, en diciembre del año 2019. En este edificio somos 80 residentes.
Yo supe, por la TV, este asunto del Covid-19 (Coronavirus). Eran catorce los empleados de este edificio. Hay un jardinero; es un jornalero temporal; pero, también parece ser un escritor; además, lee los periódicos. Yo también los leo; él los compra, y después, me los regala.
Hace una semana llegaron a trabajar solamente cinco empleados y vinieron dos enfermeras. Una ellas me trajo una carta del jardinero. En ella me dice que hay restricciones para salir a la calle:
“Hay una pandemia: es mundial. Hay confinamiento. Aquí, afuera, hay hambre, dolor, muerte y desolación. Y los gobernantes del mundo no se ponen de acuerdo para concertar una solución: detener por un mes o dos meses al mundo (las economías del mundo); sincronizar los días, todos por igual (en cuarentena) y encontrar al último contagiado del mundo. Esa es la solución: encontrar al último contagiado del mundo. Pero, han optado por inventar una vacuna. El virus Covid 19 no es propio de los humanos; salió de un animal. Por eso la solución, insisto, está en conseguir al último humano contagiado del mundo”. /No discrepo con el asunto de la vacuna. Es una ficción detener al mundo: no es fácil ponerlos a todos en cuarentena; todos los países juntos como detenidos en el tiempo. Pienso que deben inventar rápido esta vacuna para inmunizarnos.
Hace cinco días vinieron solamente: tres enfermeras. una de ellas, la más joven, tenía fiebre y tos. Cayó desmayada. Ya Candelario contó 30 enfermos con distintos malestares.
Un día después no llegó ninguna enfermera. Estamos muy solos. Hay diarreas. Tos. Fiebre. Estamos utilizando pedazos de trapos para hacer mascarillas.
Aparecieron los tres primeros muertos. Hay una pestilencia terrible en algunas habitaciones. Debemos, urgentemente, separar a los muertos de los vivos. Tonino, Candelario y yo, entre nosotros tres, comenzamos a retirar a los muertos.
A los fallecidos, los depositamos en el sótano. Antier encontramos, en su habitación, a Marisela, estaba fría: muy pálida. Ella era la más anciana, y tenía un crucifijo entre sus manos.
Antier amaneció peor el ambiente. Ninguno del gobierno aparece. Aquí somos varios que no tenemos síntomas. Hacemos las faenas, es decir, hacemos lo que está a nuestro alcance. Hoy se incorporó Lucía; ya somos cuatro. Seguimos arrastrando a los fallecidos hasta el sótano. Era mejor así, para evitar la pestilencia en las habitaciones y corredores.
Ya no tenemos nada para detener al dolor: no hay medicamentos; no hay contendientes contra la muerte. Tenemos pánico; miedo de morir. El edificio está confinado.
Desde las ventanas se ven las calles vacías. Nadie se acerca para ayudarnos. A veces oímos pasar ambulancias. Candelario tiene síntomas, tiene fiebre. Está contagiado.
Tonino tiene tos y fiebre. Ya nos acostumbramos (o mejor dicho, aceptamos impotentes; indefensos); nos resignamos a la pestilencia.
Candelario está muy enfermo. Casi ni respira; sentí que hoy se iba a morir. Puse mis labios sobre sus labios, y le di respiración boca a boca. Se reanimó. Estuve un largo rato con él. Ni Juan, ni Luis, ni yo tenemos síntomas. Otros pocos se suman al trabajo; se ofrecieron en ayudar a sacar y llevar a los fallecidos para el sótano. Ya éramos 6, entre ellos, estaba Lucía; amiga muy apreciada
Ayer Lucía, amaneció en el piso, se cayó de la cama, tenía diarrea. Aún estaba viva; tenía rota la frente. La colocamos en una sábana.
Hoy no hubo ningún fallecido, pero, hay muchos gemidos de dolor. Por la ventana vi, que una persona caminaba por el jardín. Tal vez estoy divagando. Quizás, es un espejismo, un deseo, una ilusión. Creo que es la misma imaginación.