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Como escribir un cuento

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Mi tía Sofía, estaba sola, confinada en su propia casa. Se confinó muchísimos años antes de la llegada de la pandemia. Ella es una prestigiosa escritora. La mayor parte de su tiempo trabaja en soledad; escribe novelas y cuentos. Por eso, yo la visito pocas veces.

Es una mujer ocupada; nadie la visita. Pero, esta noche —en la intimidad de su confinamiento—, me ha tratado de maravillas. Esta es la gran noche de mis sueños; estoy aquí con ella: quiero aprender a escribir un cuento.

Yo la contemplaba luminosa y creativa cuando llenaba las páginas vacías con su esplendor de vida. Tenía un porte majestuoso de diosa griega. Y no exagero en eso. Con la magia de sus palabras movía a sus personajes como una diosa dadora y cegadora de la vida. Ella, es la persona idónea que me puede iniciar en el oficio de la escritura de un cuento. Eso es lo que yo quiero: aprender a escribir un cuento.

Esta noche, ella me habló de su oficio de escritora. Yo aproveché; le manifesté mi deseo de ser escritora. Me preguntó:

-¿Poeta, cuentista, novelista, ensayista, crítico? ¿Qué cosa quieres ser? ¿Qué cosa quieres escribir.

Sin dudas, expresé:

-Escritora de cuento.

Y enseguida, sin dilaciones, me ofreció su ayuda:

-Te puedo enseñar algunas cosas, que tal vez, te puedan servir para escribir un cuento. El resto, aprender a escribir un cuento, queda de tu parte: escribiendo.
Recuerdo que, cuando comenzó el confinamiento, muchísimos años antes de la pandemia, ella colgó un aviso en la puerta de su casa: “PROHIBIDO LAS VISITAS. Por favor, no moleste”. Este aviso, al principio, me cayó mal. Pero después lo entendí. Tenía la casa confinada: se aislaba porque necesitaba la soledad para escribir.

Ahora, yo estaba metida en la soledad de su casa: era una casa de luces, palabras, sabiduría y memoria. Y en esta sala grande, entre montones de libros, ella colgó en la pared un retrato de Cortázar.

Ella, desde un principio, fue muy clara y contundente:

-Vamos a trabajar, a dedicar muchas horas de trabajo a la escritura.

Y de inmediato comenzó; me asignó mi tarea:

-Vamos a intentar escribir un cuento. Escribirás un primer borrador con un tema libre. Pero, tu cuento —porque apenas, te inicias en este oficio—, lo ideal es que sea breve y que no pase de 10 páginas.

Además del plan de trabajo elaborado, muy estricto y disciplinado, ella hizo énfasis en la capacidad, vocación, esfuerzo y mucho trabajo:

-Debes saber, sin engaños, que si quieres ser escritora, lo primordial a tener en cuenta es la vocación: el interés que sentimos y tenemos en nuestros pensamientos para dedicarnos con gusto a esta forma de vida y trabajo. Así que, si de verdad te gusta, entonces, debes trabajar mucho y a gusto. No te preocupes por el éxito, ya es una cuestión de escritura, constancia, tiempo y mucho trabajo. Muchísimo trabajo hasta lograr maestría en la obra y despertar el gusto de tus lectores por tus cuentos.

Me instruyó en algunos detalles del oficio. Y me dijo:

-Ahora comencemos a trabajar: el tema de un cuento debería tener algo de interés; hay que tener un título, sirve como una brújula; y además, nunca debes olvidar que, debe ser breve y conservar la intensidad y la tensión. El cuento debe mantener como una especie de esfericidad (y en su interior ocurren los sucesos); aunque, después al círculo, cuando sepas y puedas hacerlo, lo puedes poner cuadrado. Nunca olvides eso que llaman la unidad de impresión: un suceso sin dispersiones inútiles: es lo que sucede dentro del cuento, tal vez (digo tal vez) único suceso; que siempre interesa solamente a los personajes del cuento.

Aparte de esto —para este ejercicio nuestro—, en este primer borrador de nuestro cuento: el objetivo es que aprendas a escribir. Tú le darás vida escribiendo solamente lo que le interesa a los personajes. No debes intervenir, dar tu opinión, ni hacer tus reflexiones. Evítalo todo lo más que puedas. Recuerda que tú eres el autor y ellos son los personajes; excepto cuando tú eres uno de los personajes, y en todo caso, te ajustas al ambiente: al mundo único, esférico y cerrado del cuento. Además, debes saber que a los personajes los controla el cuentista; el autor del cuento los mueve de aquí para allá y de allá para acá: no permitas que ellos te controlen. Si esto llega a ocurrir —si no los controlas—, puede ser que tus personajes salgan en estampida corriendo por una avenida de la ciudad, y tú atrás, corriendo tras ellos, sin poder atraparlos. Entonces —si esto sucede—, vas a tener que escribir más de la cuenta: escribir todos los actos de la estampida.

Y con esa estampida, se te fugan los personajes; también, se te escapa tu cuento. Así, tu narrativa puede extenderse tanto que, también se te marcha la brevedad, y de pronto, te percatas que estás escribiendo una larga novela y no un cuento. Por eso, debes controlar tus personajes. Saber de dónde salen y a dónde van: de dónde parten y a dónde llegan. Eso debe estar claro y debe quedar bien claro.

Escribe primero un borrador inicial: el primer borrador del cuento, lo pules y lo trabajas. Y al segundo borrador, le haces lo mismo, lo trabajas y lo pules; y así mismo, pasas tu buril limpiando al tercer borrador; luego, haces lo mismo que le has hecho a los anteriores borradores; y tal vez, le hagas lo mismo a cientos de borradores, hasta que logres llegar, finalmente, a tu objetivo principal: escribir un cuento.

Mi tía Sofía, antes de finalizar las instrucciones, para que yo comenzara a escribir mi cuento, de manera contundente remató sus advertencias:

-No te olvides que al escribir el primer borrador de tu cuento, lo primero que debes hacer es pulirlo: le quitas las palabras y frases sobrantes; sustantivos y adjetivos sobrantes. Conviene pulir para mostrar una lectura más fácil: accesible (digerible). Es como una autopista que tiene (a sus lados) montañas que se derrumban y dejan escombros en la vía. Esos escombros se parecen a una lectura pesada con todas sus palabras y frases sobrantes. Es necesario quitar obstáculos, quitar lo que sobre, limpiar la vía de piedras y arenilla; y, de ser posible, sacar brillo a la carretera. Todo esto sirve para llevar a tus lectores (a salvo) hasta el final de tus cuentos.

Y al final de su charla, muy solemnemente, se levantó y se apartó de su escritorio. Caminó hacia la cocina y sirvió dos tazas de café, una para ella y otra para mí.

Yo debía comenzar a escribir mi cuento; y me quedé fría. Inmóvil: pasmada de miedo. No sabía por dónde comenzar a escribir mi cuento.

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