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Apareciste un día en mi vida como suave brisa, como canto de ave, como susurro de ríos, como letanía del mar, como fragancia de campos floridos.
Apareciste un día cualquiera, sin aviso, sin premura, sin formalidad, sin un ramo de rosas, sin querer impresionar. Solo apareciste con una amplia sonrisa, generosa, de hombre con historias grabadas en la profundidad de tu mirar.
Apareciste, y al cruzar nuestras miradas, supimos que nuestras vidas darían un vuelco inesperado. Era inevitable. La química fue instantánea, maravillosamente inexplicable.
El tiempo transcurrió y nada detenía el sentimiento avasallador, intrépido y aventurero. Nos necesitábamos con la fuerza poderosa de la unión espiritual.
Un día te marchaste, sin darme un beso, sin un adiós, sin regalarme una rosa. Te fuiste tal como llegaste, regresando a la nada. Yo, con el alma amortajada, me detuve en medio de la penumbra de mi pensamiento, besando mis recuerdos contigo, besando la rosa que adornaba mi frágil e incomprensible destino. Me amaste, lo sé, y ese amor danzará en mi alma hasta el fin de mis tiempos.
No obstante, otro amor pudiera llegar a iluminar mis días con su presencia imponente y amorosa. Entonces el destino se encargará de trazar el nuevo camino.