Todo está fríamente calculado: desde las gotas de perfume en su cuello, hasta el labial rojo 5 de larga duración. Frente al espejo, su esbelta figura modela sus curvas sinuosas de infarto, sus labios hacen puchero en una conducta infantil y perversa, su mirada penetrante taladra el espejo de manera inmoral. Ella sabe reír de medio lado y mirar con ojos de pantera salvaje.
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Allí, frente al espejo, suelta su cascada de cabello negro, se pone diminutas bragas rojas, una falda negra que como un guante se adhiere a su piel, su blusa transparente, sus tacones de aguja de quince centímetros. Mientras se arregla, piensa en su víctima. En cada uno de los pasos que debe dar para que caiga.
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Sale a la calle con lentes oscuros que esconden su mirada gatuna, mientras que los ojos de todos se posan en ella, que parece distante e inaccesible para cualquier mortal. Camina como tejiendo sus pasos y sus esbeltas piernas son escaleras infinitas que llevan al cielo. Piensa en su objetivo y va en búsqueda de él.
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Cuando llega al edificio, la gente voltea a verla y ella lo sabe: su belleza es contundente, feroz, peligrosa. Una estela de perfume deja a su paso, mientras se introduce al ascensor y con sus dedos delgados presiona con pericia el botón que la llevará a lo alto. Con sagacidad, cruza los pasillos, detrás de la puerta está su presa. Entra y el hombre voltea, inocente, deslumbrado.
_Buen día, jefe, dice ella de manera letal...