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Era de noche cuando llegó a casa. Abrió la puerta y una oscuridad pasmosa se le metió por los ojos. Prendió la luz y miró alrededor con movimientos leves: la soledad es un sentimiento que crece con los días y hace más grande los espacios, pensó mientras caminaba rumbo a la habitación vacía. Encendió la radio para escuchar algo que no fueran sus latidos, sus pisadas, su silencio.
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Como un pugilista derrotado, se sentó en una esquina de la cama y su cabeza caía, entre los hombros, mientras él se miraba las manos unidas. No supo cuánto tiempo estuvo así porque para él no había prisa, a su edad no se le teme al tiempo, solo a las innumerables ausencias, pensó mientras el fuerte dolor le quitaba el color del rostro y el calor del cuerpo. En silencio, a la vida le pidió una tregua.
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El poderoso dolor es una señal del temible afán del adiós y sus ojos mudos están conscientes del último ataque. Arrinconado, sabe que el destino es el enemigo más implacable. En el corazón siente, en ese instante, un golpe lacerante. Misericordia, pide callado y con ello no se siente cobarde. Su inaplazable ausencia ha llegado y cierra los ojos: el hombre ha perdido el combate.