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Cuando el anciano pidió el tercer trago, el mesero quiso entablar una conversación y le dijo: "Tiempo sin verlo, tiempo sin venir por acá, tiempo sin salir de casa", lo dijo como si aquel que estaba frente a él fuera de mucha confianza. El anciano que miraba el licor rojo, alzó la cabeza y con los ojos entrecerrados, como un felino, solo respondió: "Mucho tiempo".
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Como a la hora de estar el anciano en la barra, el mesonero volvió a insistir: " ¿Y a qué se debe que haya salido?". El anciano, visiblemente cansado, suspiró y respondió: "Tengo una cita". El barman, lleno de curiosidad, siguió preguntando: "¿En el pueblo? El anciano sintió que no solo el mesonero esperaba la respuesta y dijo en voz alta: "No. Voy esta noche al farallón de Los dormidos. Allá me están esperando."
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Cada tanto el anciano miraba el reloj que estaba en una de las paredes. También lo hacían los otros clientes. Cuando dieron las 8 de la noche, el anciano murmuró: "Se me hace tarde", pagó y se levantó. El mesero volvió a decir: "Sí, es muy tarde y eso es muy peligroso allá. Mejor deje eso para mañana". El anciano caminó hacia la puerta y como si fuera una despedida, dijo: "Ella me espera". Uno que estaba cerca de la puerta quiso saber: "¿Quién lo espera?". El anciano respondió: "La muerte". Después salió y más nunca nadie supo de él.