Un amor jamás correspondido
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Después de aquello, como suele suceder, se le avivó más el amor a Alberto. La idea de no poderla tener, la hizo amar más en silencio. Para él ella era la mujer perfecta, la que le robaba sus sueños. Y aunque Jeny tuvo novio y él llegó a tener una pareja, dentro de él guardaba las esperanzas de tenerla. De hecho, cuando los dos se graduaron, él le propuso trabajar juntos, pero recibió otra negativa de ella.
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Cada rechazo, contrariamente a lo que pudiera pensar la gente, causaba en Alberto un amor casi indigente. Mucho título de psicólogo, mucha maestría, pero ante todo Alberto era un hombre rechazado y eso como un loco de amor lo ponía. Cualquier excusa, cualquier evento fue excusa para estar cerca de su amada y ésta, sinceramente o no, ni se enteraba.
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Con los años, la vejez llegó y Alberto vio en las redes un evento en donde Jeny estaría. Cuando se presentó al lugar, la buscó con la mirada y allí estaba: madura, pálida, con la cabellera blanca. La vio y recordó aquella primera vez que la conoció en el salón de psicología. En ese instante Jeny rio y el corazón de Alberto latió, otra vez, como aquel primer día.