¿Te cuento un cuento?
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Una tarde de tantas, tendría yo como 5 años, la vi tomar un libro en sus manos y empezar a contarnos una historia. La historia fue fascinante, única y maravillosa. Quedamos entusiasmadas y sorprendidas de aquel relato, tanto, que cada semana, buscábamos el libro y se lo poníamos en el regazo. Aunque supiéramos el final, cada vez que la abuela comenzaba el cuento, nuestras caritas se iluminaban y nuestros ojos atentos se posaban en ella.
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Aquel libro, lleno de dibujos y letras era uno de los que siempre teníamos cerca de nosotras. Sus hojas ajadas por nuestras manitas curiosas que apuntaban cada trazo y cada línea diciendo: ¿Qué dice aquí, abuela? ¿Y esto qué es? ¿Y dónde dice la parte de los muertos? Con su portada conocida, manchada del uso que dan los dedos, aquel libro era uno de nuestros tesoros, tal vez el primero.
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Cuando pasó el tiempo y fuimos a la escuela, y leer comenzamos, busqué aquel libro para leer aquella historia que la abuela tantas veces nos había narrado. En aquellas páginas no había ninguna historia, toda la historia mi abuela la había inventado. Mi abuela era analfabeta, no sabía leer ni escribir, pero nos hizo creer que dentro de aquel libro estaba todo lo relatado. Una vez, a pocos días de su muerte, fui y me senté a su lado, y bajito le dije: ¿Quieres que te cuente un cuento, vieja? Y tomé aquel libro y empecé a contarle a ella aquella historia que tantas veces nos había contado.