Su vida era un rumor
El muchacho la vio y olvidó los días transitados. La pasión errante hasta ese momento contenida, se desbordó y lo hizo brincar de donde estaba para socorrer a la muchacha, que como hierba herida, tirada en el fango, se convertía en carne líquida. Fue él quien, muchos años antes la vio llegar con su madre al pueblo e inmediatamente sintió cómo su corazón, como potro desbocado, amenazaba con salirse por sus costillas. Tendría él como 14 años, ella un poco más de 15. Ella tenía el olor de la precocidad; él, el olor de los bosques vírgenes.
Según las lenguas del pueblo, madre e hija eran más públicas que la plaza. Cada mañana, entre un café y otro, la gente hablaba de los amores nocturnos que entraban en aquella casa. El muchacho antes las bondades supuestas de aquellas dos mujeres, a veces sentía celos, estremecimiento, nulidad, envidia vana. Sus amigos y los padres de sus amigos, en reiteradas ocasiones, se jactaban de haber navegado en las espumas hirvientes de aquellos dos vientres tibios. Las dos mujeres, como ajenas del mundo o sabiendo los rumores que se tejían de sus cuerpos, altivas se paseaban ante la mirada rencorosa de las otras mujeres y la codicia de los hombres.
Cuando el muchacho cumplió 18 se sintió preparado para nadar sobre las olas de la muchacha, así que llegó hasta ella y de manera franca, le habló de las agresivas emanaciones que le producía su cuerpo. La muchacha, sin poder controlar el sonrojo, se quedó callada ofreciendo la imagen de un pudoroso rostro. Fue él, entonces, el que sintió pena por sus palabras y tambaleante se fue, como el boxeador que ya perdió y se va a su esquina.
Por eso, cuando él la vio caer, resbalarse en mitad del charco, y escuchar el murmullo de las mujeres y de los hombres, celebrando su caída, él saltó a rescatarla, porque al verla sintió que ya era suficiente lodo el que aquella muchacha tenía encima.