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_Cómo hay árboles, Ángela, dijo la anciana con los ojos puestos en otro mundo. Y muchas aves que reciben a los viajeros, continuó hablando con los ojos muy abiertos. Y allá están las torres hechas de arena, también hay cestas con muchos frutos. Las nubes están tan cerca, Ángela, parecen algodón de azúcar.
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Como si entrara en tierras lejanas, pero conocidas, la anciana cerró los ojos brevemente y sonrió para ella. Allá están tus abuelos, también tu papá, Ángela, dijo la anciana alzando la mano como señalando una estrella. Vienen por mí, me están llamado, esta es la hora y la fecha.
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En la penumbra respira, pausadamente y de manera quieta, la anciana. Parece en paz con el mundo, mientras reposa sobre la almohada. Entre sueños, comienza su viaje inevitable y final hacia su última morada. Sonríe como una niña: parece como si volara. Sin equipaje, sin peso, se va liviana.