Sacrificios conocidos
La mujer toma el plato de sopa y con cuidado le lleva la cucharilla a la boca de la joven. La muchacha la cierra: Abre, le impone la mujer. Abre la boca, repite como perdiendo la paciencia. La muchacha quiere llorar, balbucea algo y la mujer aprovecha el momento para meter el caldo de pollo. Una parte entra, la otra cae sobre la ropa. La muchacha se ríe con la boca abierta, mientras mira con ojos perdidos el espacio.
La mujer mientras alimenta a la chica, pasa el brazo derecho por su frente: está sudando frío. Un dolor agudo la hace cerrar los ojos, como si en aquel gesto lo apagara. Quiere dormir, bañarse, pero antes debe darle de comer a Grecia, su hija. Vuelve a llevarse la mano a la sien. Una vena en su cuello se hincha y se tensa, late de manera inquietante, la sofoca. Suspira en un solo gesto de cansancio y resignación.
La vida pospuesta ya está marchita, y la mujer mira a la chica que juega con los restos de sopa en la ropa, mirando hacia la pared y luego al techo. Tal vez dejarla en un centro de salud era una buena idea, irse lejos y rehacer su vida, fueron pensamientos que le cruzaron la mente hace 15 años. Jamás se imaginó que todo sería tan difícil, como viajar con piedras en los bolsillos o subir a una montaña descalzo.
La muchacha, como si pudiera leerle el pensamiento a la mujer, le sonríe, luego le toma la mano, se la besa y se la pone en su rostro, como un animalito que busca una caricia. La mano de la mujer está en el rostro de la chica, luego en el cabello, y después en el hombro. La mujer se ve reflejada en los ojos de la joven y sonríe. Con la sonrisa siente un alivio y sabe que más que su hija a ella, es ella quien más necesita a la chica.