El hombre le dijo: "Abre la puerta y dime lo que ves". Ella estaba sentada y tenía los ojos cerrados, pero en sus pensamientos comenzó a caminar hacia aquella puerta de madera. La abrió y dijo: "Hay un olor a pólvora fortísimo y hay muchos escombros por todas partes. Creo que hay una guerra porque se escuchan detonaciones y explosiones por todos lados".
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El hombre le dijo: "Sigue avanzando". Ella avanzó entre los escombros y hubo un momento que se detuvo para decir asustada: "Hay cadáveres tirados en las calles. Nadie se detiene a ver quiénes son o a recogerlos. El olor a putrefacto es prueba de la descomposición de los cuerpos. Quiero regresar.", pidió ella casi llorando. El hombre le exigió: "No. Sigue." De repente con aquella experiencia pudieran lograr saber por qué aquella mujer sufría tanto, pensó el hombre.
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La mujer siguió y sintió mucho frío, así que sentada en el mullido sofá, se abrazó con fuerza. Así, abrazada para darse calor, siguió caminando. De repente se detuvo en seco y expresó casi gritando: "Hay una niña. Allá encima de las ruinas, hay una niña llorando." Entonces el hombre le dijo despacio: "Mírale la cara para ver si la conoces". La mujer se acercó y la miró. Al verla, expresó con llanto: "La niña soy yo".
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"La niña está llorando porque frente a ella han matado a sus padres. Ella está sola y va a morir de hambre y soledad. Nadie se detiene a socorrerle. Su muerte prematura es inminente", dice la mujer entre lágrimas. "Regresa. Ya sabemos por qué sufres", ordenó el hombre. Entonces la mujer dijo decidida: "No. Voy a acompañarla". Entonces cerró la puerta, mientras su cuerpo en el sofá desfallecía".