¿Qué distancia es lejos?
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La vida doméstica de ambos, aquel reino de rutinas familiares, los había llevado a inventarse escapadas nocturnas que les permitiera a ambos seguir respirando los olores de la casa, de los hijos, de la cama matrimonial: lograr amar la piedra debajo del zapato.
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Así que cada semana, como en un pacto, cada uno salía a la calle a buscar otros besos, otros cuerpos donde desahogarse. No quedaban hilos sueltos, tampoco números dónde llamarse, eran encuentros fortuitos y furtivos, borrados en la multiplicidad de los días.
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Pero en la noche anterior, esposo y esposa tuvieron la suerte de toparse. Él fue nuevamente cazador, ella fue para él presa esquiva. Él saboreó como nunca aquella boca olvidada, ella fue diestra con su cuerpo lleno de vida. Ahí, en un hotel, fueron amantes sorprendidos ante la inusitada entrega y ante la desconocida pericia.
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Ahora, en la mañana, ya en la casa, hombre y mujer vuelven a la rutina. La distancia retumba entre ambos aunque cada uno, al lado del otro, se encuentre sentado en su silla.