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El anciano que sabía que aquel pueblo era como un manicomio, hizo caso omiso de las habladurías y usaba su traje en misa, fiestas o velorios. Cada vez que llegaba el anciano, todos miraban de reojo, y comenzaban a murmurar con malicia y mucho enojo: "cómo es que un viejo como aquel que toda la vida había vivido solo, aparecía con zapato y traje nuevo como si guardara mucho oro".
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Una vez llegó a la plaza y le dijo a algunos chismosos: "Soy pobre, pero honrado", dijo en tono furioso. "Lo que tengo lo he trabajado sin tregua ni reposo, y este único traje lo compré, para cuando se cierren mis ojos y no llegue al cielo como un hombre sucio y andrajoso".
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Desde ese día nadie más miró al anciano con gesto curioso: aquel traje elegante le daba un aire garboso, pero era el único traje del anciano para momentos memoriosos. Así fue que cuando el viejo murió le pusieron su traje delicado y majestuoso, un traje que compró él, porque aunque pobre, siempre fue un hombre virtuoso.