Planificar las despedidas
Y así fue cómo Don Cristóbal comenzó a comer carnes de ganado y de cerdo, cervezas y rones, todo lo que hasta ese momento, de manera encarecida le había prohibido el médico. Fue a la funeraria y escogió cómo iba a ser su féretro y hasta escogió la ropa que iba a vestir en aquel último evento: Quiero que el amigo Pascual cante y esparza pétalos blancos al viento; que venga toda la gente del pueblo, dijo, y que haya un entretiempo, donde lean discursos y poemas donde se expresen los pesares a todos los deudos.
Pero solo a una cosa Don Cristóbal le sacaba el cuerpo y era perdonar a su esposa que lo había abandonado por otro caballero y con el que vivía, desde hacía mucho tiempo, en aquel bendito y alejado pueblo. Aunque en varias oportunidades, habían coincidido, Don Cristóbal y su ex mujer jamás una palabra se habían dirigido. Las hijas llorando más de una vez le habían pedido que perdonara a su madre aquella falta a la que había incurrido y Don Cristóbal de oídos sordos, en ningún momento se sentía aludido.
En la última fiesta que Don Cristóbal organizó seguro ya del final, tomó un megáfono y a todos los del pueblo invitó a la gran bacanal. Allí entre familiares y amigos, que lloraban por la pronta pérdida, Don Cristóbal se fue despidiendo demostrando su resignación y fuerza. Pero sin poder evitarlo, en el camino se encontró con su ex y la actual pareja, y no le quedó más remedio que detenerse aunque no quisiera. Ante tal encuentro esperado todos estuvieron atentos a las palabras que él dijera, por lo que Don Cristóbal no se dirigió a la mujer sino al hombre que iba a su lado y le dijo de esta manera:
Aquel que no me hace daño
no puede ser mi enemigo
Aquel que me quita un peso,
debe ser mi amigo
Por eso yo a usted le estaré eternamente agradecido.
Y Don Cristobal murió como al mes y muchos hasta lo olvidaron después, pero lo que nunca más nadie olvidó fueron aquellas palabras que le dijo a su mujer.