Ociosidades de otoño
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Alejandra siempre fue la única niña en el grupo de amigos. Desde pequeña le pedía a sus padres pasar las vacaciones en casa de la abuela y por consiguiente, con nosotros. En aquellos años no percibíamos entre ella y nosotros alguna diferencia. Hacíamos las mismas cosas: correr, nadar, montarnos a los árboles, incluso pelear. Pero esas vacaciones nos dimos cuenta que Alejandra era una niña con todas las formas de una mujer.
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Luego de que Alejandra despreciara nuestra invitación para divertirnos, toda la patota nos fuimos al río en silencio, aún sorprendidos por el rechazo, pero más sorprendidos por las formas sinuosas evidentes de nuestra compañera de juegos.
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No sé por qué, ni cómo, ni quién tuvo la genial idea de que podíamos tirarle piedras al zin de su casa y salir corriendo para llamar su atención. Entonces, a cada hora, nos turnábamos para tirar piedras que estremecían la casa y que hacía que todos salieran al porche, incluso Alejandra, que nos miraba correr y escondernos por entre los matorrales como animalitos asustados.
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Recuerdo que en aquel verano olvidamos los ríos, los árboles y hasta dejamos en paz a los guaripetes que por fin pudieron reproducirse en paz. Nuestro único y exclusivo objetivo era tirarle piedras al techo de la casa de Alejandra y llamar su atención. Pero no contábamos con que los padres de Alejandra se quejarían y nos denunciarían ante nuestros padres, los cuales nos castigaron por todo el resto de las vacaciones.
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Con el tiempo, nosotros también crecimos y dejamos atrás los juegos de la infancia, aunque cada tanto paso por la casa de la abuela de Alejandra y a pesar de mis 60 años, le tiró piedras al techo de la casa simplemente para recordar la época en la que fuimos niños.