Monólogo del loco
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A veces, luego de tantas vueltas, aquel hombre harapiento se sentaba en la plaza. Allí sacaba de aquel saco periódicos viejos que se ponía a leer con las piernas cruzadas. Podía pasar horas leyendo o con la cabeza metida en los viejos papeles amarillentos mientras los perros famélicos se lamían las patas y bostezaban echados a sus pies.
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En la calle, la gente cruzaba de acera tan solo al verlo. Otros le tiraban moneda, un pedazo de pan, una fruta. El hombre no extendía la mano ni pedía nada, solo hablaba como si frente a él tuviera a alguien. Luego, cuando se levantaba de donde estaba sentado, recogía todo lo que había encima del asfalto y lo metía en el saco, y emprendía su marcha incesante llena de murmullos.
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Un día desapareció aquel hombre harapiento y la gente extrañada notó su ausencia. No faltó quien dijera que lo habían recluido o que un viejo familiar se lo llevó lejos. Otros afirmaron haberlo visto vagar en otros pueblos. Lo que sí fue seguro es que detrás de él y de sus palabras se fueron persiguiéndolo sus fieles perros.