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Siempre teníamos que pasar caminando por las calles 11 y 12, laterales a nuestra casa para poder llegar al colegio. Permanentemente, las calles estaban tomadas por vecinos que desde muy temprano se acomodaban en las aceras o en asientos improvisados para charlar sobre política, amores o de las cosas diarias. Igualmente, cuando regresábamos, cansados, él de su colegio, yo de mi trabajo, las mismas personas y a veces hasta más, seguían reunidas conversando animadamente.
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Cierto día, mientras caminábamos de prisa para llegar a la escuela, Héctor Andrés me preguntó que por qué esas personas diariamente permanecían sentadas allí y no iban a sus trabajos ni al colegio como nosotros. Dentro de mí pensé que era el momento justo para explicarle a mi hijo de 7 años la importancia de estudiar y trabajar para tener un mejor futuro. Así que no lo dudé y me puse a hablar de eso en el poco trayecto que faltaba para llegar a la escuela.
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Ya en la tarde, a nuestro regreso y visiblemente agotados como siempre, veníamos caminando cuando Héctor dijo: Esta mañana me dijiste que esos son unos desocupados, dijo viendo a la gente sentada y eufórica. Asentí y seguimos caminando en silencio. Luego, al rato, Héctor dejó caer algo que nunca olvidaré: Mami, ¿viste lo felices que son los desocupados?