Las sombras de Nina
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Después de aquello, pensaron que no habría secuelas, pero ella camina y voltea alargando los silencios, la sospecha, el vivir en una esquina, del cuarto y la vida, hincada de rodillas, pegada a la pared. Nina detiene sus pupilas sobre el cadáver del girasol que cortaba cuando niña y que ya no.
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La gente sabe que sus ojos fríos de pena, llevan la condena de la locura y el estupor, que sus ojeras del insomnio la condenan como residente de la penumbra y el temor. ¿Qué tienes, Nina, que no ríes, dónde está tu sonrisa, tu inocencia, por qué tanto dolor? Preguntan cómo si una respuesta resumiera la carga pesada que trae el horror.
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Y Nina camina y voltea, porque la sombra que la persigue no es de ella y la acompaña donde sea, en la oscuridad y en la luz, haciéndola sentir un miedo sin nombre. Porque la sombra que persigue a Nina no es de mujer, sino la de un hombre.