Tal vez cuando era pequeño, Andrés nunca reparó en las manos de Antonio, su padre, y recibió de ellas los caramelos, bebidas y caricias que solo el padre con amor le daba. Fue después, con los años, cuando entraba a la adolescencia, que Andrés advirtió los callos, las rugosidades de la piel y la suciedad acumulada entre las uñas de las manos.
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Fue aquella vez en la que Jacinto, su compañero de escuela, le hizo ver lo maltratada que estaban las manos de Antonio, y Andrés, ciego hasta ese momento de las deterioradas extremidades de su padre, se apenó tanto que prefirió quedarse callado y cuando el padre vino a buscarlo, rechazó, por primera vez, su abrazo en silencio, para comenzar, a partir de ese instante, su desapego.
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Una mezcla de asco, rabia y vergüenza comenzó a crecer en el alma de Andrés que al ver a su padre venir, siempre volteaba la cabeza. Esquivó desde ese instante aquellas manos de imperfecciones llenas y aborreció cualquier contacto que el padre le diera. ¿Por qué su padre no podía tener las manos impecables y perfectas?, pensaba Andrés con mucha pena.
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Su madre que percibió el repudio del hijo y en su esposo la tristeza, estremeció a su hijo con palabras muy ciertas: "Tu papá trabaja para darte educación, alimento, ropa y vivienda. De sol a sol, como un burro, trabaja la tierra. ¿Cómo quiere que tenga las manos, si por ti hasta se las quema?" Andrés, sin saber que decir, bajó la cabeza y desde ese día entendió que lo importante es la esencia del hombre y no las apariencias.