Las canciones que me dejó Sofía
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Una vez no quise irme y quise enfrentarlo. Ese día no solo mi cuerpo sino también el de Sofía quedaron todo amoratado. En la noche, mientras Sofía curaba mis heridas, me reclamó el no haberle hecho caso. Yo le dije que de ahora en adelante, entre los dos, lo enfrentaríamos y que no me iría a ninguna parte. Aquella noche, la primera de muchas noches, cantamos canciones tratando de que más que el dolor físico, el dolor del alma pasara.
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Luego de cada borrachera y con la resaca del día siguiente, llegaba el arrepentimiento de Samuel y la pena moral de haber hecho algo malo y como les dije: Samuel no era malo, el problema era que bebía mucho. Así me lo hacía saber Sofía una y mil veces justificando el color morado que quedaba en nuestra piel y nuestros hinchados ojos. Mientras cantábamos canciones ya aprendidas de tanto cantarlas, los dos sonreíamos y olvidábamos lo infelices que éramos.
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Una vez Samuel vino más borracho que de costumbre y estrelló la cabeza de Sofía contra el piso. Sus ojitos marrones me miraban fríos e inertes cuando yo tomé un cuchillo y brinqué hasta el cuello de Samuel. Cuando los otros llegaron, me encontraron con Sofía en los brazos y cantando. Aquí donde estoy, es lo único que hago: cantar. Especialmente cuando viene Sofía. A ella le canto para que la muerte no le duela tanto.