La última partida
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Eran harto reconocidas las destrezas y habilidades que tenía Algimiro para aquel juego. Eran muy pocos los que habían logrado ganarle en el pueblo, por lo que no solo se había convertido en una eminencia, sino también en un reto. Cada tarde, los contrincantes de Algimiro retaban al viejo y después de cada genial jugada, no les quedaba de otra, que demostrarle su admiración y respeto.
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Siempre había alguien que comenzaba recordando un juego memorable, una pieza movida al azar. Entonces todos los ancianos empezaban con el hilo del recuerdo y que "si la victoria del 78, la del día de la Candelaria, aquella del 8 más 2"; pero también recordaban las derrotas de Algimiro: la que tuvo con Pancho, el muchacho de Juanita, o la que tuvo con Amador. Y así pasaban todas las tardes, entre conversas y chanzas, mientras se despedía el sol.
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Una tarde se hicieron las 4 y Algimiro a la plaza no llegó. Los compañeros extrañados veían con insistencia, cada uno, su reloj. En eso vieron que por detrás de los árboles, Algimiro pasó y saludó. Todos incrédulos alzaron la mano como si le dijeran adiós. No habían pasado cinco minutos cuando a la plaza la noticia llegó: Algimiro tenía una hora de muerto de un infarto al corazón. Uno de los amigos ancianos, tristemente murmuró: con razón su sombra vino a despedirse. Hasta en eso nos ganó.