000
Y así fue, desde que nació, el ángel tuvo cerca de él cerciorándose de que hiciera todo lo que estaba en aquella lista: crecer, comer, jugar, trabajar. Pero también estuvo pendiente de cada anotación que había: va a jugar solo, pero va a ser feliz; va a trabajar de manera incansable, pero aunque no va a ser rico, dará todo lo que tenga.
000
Aquel niño creció y el ángel junto a él iba tachando cada una de las experiencias que vivía. Con cada vivencia, y sin mayor asombro, la lista se iba acortando, aunque apenas era un muchacho. La madurez sorprendía, la capacidad de superar las adversidades era infinita y especialmente, la habilidad que tenía de acompañar y hacer felices a los demás era casi milagrosa. Las tristezas y tragedias de los amigos las vivió en carne propia y su acompañamiento era como un abrazo al alma.
000
Un día, cuando apenas quedaba una sola cosa por vivir, el ángel corrió ante su jefe y dijo: Cómo es posible que este muchacho muera sin haber recibido una recompensa, una sola, por tantos favores. Cómo va a morir, después de haberlo dado todo y sin haber recibido nada. Y el jefe le contestó: revisa el último pie de página. Allí, entre paréntesis, halló escrito: esta persona, después de haber hecho tanto bien, se habrá graduado de ángel y tendrá derecho a sus alas.