Miró el calendario en la pared de barro y cerró los ojos: aquella era la fecha acordada, prometida, repetida mil veces en la estación del autobús. Los abrió nuevamente y miró el catre vencido, su cuerpo enfermo casi desnudo. Intentó pararse, pero fue inútil, estaba demasiado enfermo para hacerlo. Cerró los ojos otra vez y los recuerdos le apretaron el alma.
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Desde que Shira, su esposa, había muerto, él se había hecho cargo de su hijo Seúl. Trabajaba día y noche para que no le faltara nada y aunque cuando su mujer se murió su primera reacción fue morir con ella, había aprendido a vivir por su hijo: despertaba por él, caminaba por él, trabajaba por él y si era preciso, moría por él.
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Pero todo comenzó cuando los del gobierno vinieron y dijeron que él no podía darse cuenta de su hijo: que estaba muy viejo, dijeron; que era muy pobre, repitieron; que el niño necesitaba una madre, sentenciaron. Y entonces, a pesar de todos los trámites que hizo, se lo llevaron.
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_"¡Yo te voy a buscar, Seúl. No te preocupes que el día de tu cumpleaños te voy a buscar. Espérame, Seúl!", había gritado una y mil veces, mientras su hijo lloraba en el autobús. "El día de tu cumpleaños, vuelves conmigo, hijito", había dicho mientras corría detrás del bus en marcha. Volvió a abrir los ojos y miró el calendario: era la fecha acordada y las lágrimas rodaron por el rostro pálido y huesudo.