La mujer es una casa
Cuando él llegó por primera vez, ella lo recibió con las ventanas y las puertas abiertas. Y llovió sobre aquella casa que tenía las paredes y las tierras desiertas. Comenzó a sembrar la mujer oréganos, tomillos y malojillos en el fondo, pero las semillas no brotaron y ella dijo: es mala la siembra o son malos los ojos. Pero nada de eso, como en tierra ajena, el hombre no quería sembrar porque pensaba irse a la primera. Estaba de paso cual andariego y echar raíces no era su proyecto.
Aunque los fragmentos están esparcidos por el suelo y los fantasmas poblaron tan larga ausencia, la mustia casa se mantiene hermética para los que merodean por afuera. Dentro de ella el zumbido feroz de las grandes moscas ahogan un llanto de fiera, es la mujer herida que aúlla, atrapada en el dolor y la rabia, que con ella no tienen clemencia. Es así que la mujer es una isla con el corazón desterrado, sola y con las manos sedientas, sueña con el que no está, incluso, aun cuando está despierta.
Ayer ella escuchó decir que el hombre tiene otra casa, una bienquerida, nueva, con remodelaciones y perfecta, y aunque haya tratado de poner orden y no enseñar a todos sus miserias, el que la mira sabe que solo es cuestión de tiempo para que exista el derrumbe, no de a poquito, ni por pieza, sino de una forma entera.