La memoria del carcelero
Desde que había dejado su trabajo y había vuelto a su casa, no se hallaba. Si hubiese sido por él, habría muerto en aquellas cuatros paredes en donde laboró toda la vida. Pero el comandante le había ordenado que se fuera de baja porque ya casi no veía. De esta manera sus 50 años como carcelero terminaron aquel día.
Nunca le había interesado formar una familia, ya que todo el tiempo estaba en la cárcel o en la comandancia de policía. En aquellos sitios no solo trabajaba, conversaba, tenía amigos, también hacía comida y dormía. Al principio, después de la baja, volvió de visita, pero ya no fue lo mismo, porque sus amigos y superiores, hasta los mismos reos, lo miraban con antipatía. Por eso no fue más, por eso y porque fue perdiendo la visión cada día.
Dentro de las cuatro paredes de su casa sin querer, vuelve, una y otra vez a la rutina: se baña, come, verifica que todo esté cerrado, se sienta en una silla. Desde ese lugar agudiza sus oídos, su olfato, trata de enfocar la vista. Lleva un manojo de llaves en la cintura y su arma de reglamento que maneja con pericia.
Un día, acostumbrado a estar solo, escuchó un ruido y disparó tres veces: un vecino fue la víctima. Después de averiguaciones, lo llevaron a la cárcel y los que lo vieron, supuestamente tenía una sonrisa. Dentro de la cárcel pasó sus últimos años y en el fondo eso era lo que él quería. Por eso la gente se preguntaba si la muerte del vecino había sido un accidente o lo había hecho con premeditación y alevosía.
=o:0:o=
Nunca le había interesado formar una familia, ya que todo el tiempo estaba en la cárcel o en la comandancia de policía. En aquellos sitios no solo trabajaba, conversaba, tenía amigos, también hacía comida y dormía. Al principio, después de la baja, volvió de visita, pero ya no fue lo mismo, porque sus amigos y superiores, hasta los mismos reos, lo miraban con antipatía. Por eso no fue más, por eso y porque fue perdiendo la visión cada día.
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Dentro de las cuatro paredes de su casa sin querer, vuelve, una y otra vez a la rutina: se baña, come, verifica que todo esté cerrado, se sienta en una silla. Desde ese lugar agudiza sus oídos, su olfato, trata de enfocar la vista. Lleva un manojo de llaves en la cintura y su arma de reglamento que maneja con pericia.
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Un día, acostumbrado a estar solo, escuchó un ruido y disparó tres veces: un vecino fue la víctima. Después de averiguaciones, lo llevaron a la cárcel y los que lo vieron, supuestamente tenía una sonrisa. Dentro de la cárcel pasó sus últimos años y en el fondo eso era lo que él quería. Por eso la gente se preguntaba si la muerte del vecino había sido un accidente o lo había hecho con premeditación y alevosía.