El padre tuvo el presentimiento cuando vio a su hijo tirarle una piedra al noble pájaro que picoteaba las ramas del árbol. El muchacho tuvo puntería y la piedra fue a estrellarse contra el pecho del pájaro que cayó herido entre las ramas. Su hijo no corrió a socorrer al animal, simplemente se carcajeó y ante el reclamo del padre, se encogió de hombros y dio un chasquido.
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Tuvo el pálpito, desde siempre, pero su corazón se negaba a aceptar el verdadero carácter del hijo. Lo justificó cuando no compartió con sus hermanos el pan que le habían dado, cuando se burló del más lerdo y abusó del más vulnerable. Siempre tuvo una excusa para defenderlo ante los otros, para excusar sus faltas y sus maldades.
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Pero llegaría la hora en la que se quitaría la venda y aceptaría la cruel realidad de la vida. Y eso ocurrió aquella tarde en la que el padre convidó a su hijo para que lo acompañara al conuco que había hecho. Al principio el hijo no quería, pero al final aceptó con desgano.
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Al llegar a la parcela, se dieron cuenta que en vez de frutos, la tierra estaba llena de mala hierba. El padre, decepcionado por lo que veía, se puso a llorar sobre una piedra. El muchacho, al ver la tristeza del padre, se rió tal cual como lo había hecho con el ave. Algo dentro del padre se rompió y finalmente aceptó la mala semilla que había en el hijo.