La invisible...
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La primera vez yo había salido tarde del trabajo y esperaba el transporte que me llevaría a casa cuando llegó ella: pálida, harapienta, con una bolsa llena de cosas. Sus pasos eran lentos y su cuerpo un poco más grueso que un alambre. Se sentó en el último asiento y allí recostó su cabeza greñuda del vidrio sucio. Cerró los ojos y se quedó dormida, sus ronquidos la delataban. Bajo mi incredulidad, solo abrió los ojos un instante antes de llegar a su parada. Era como si el sueño lo tuviera cronometrado o el mismo sueño tuviera una alarma.
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Las otras veces fueron lo mismo: dormía profundamente como un niño agotado inmediatamente que se sentaba en el bus, para después despertar, puntual, una parada antes de la de ella. Maravillado ante tanta precisión, pasaba todo mi viaje observándola. Un día la curiosidad fue mucho mayor y me bajé en su misma parada y la seguí. En un mundo lleno de miseria, la mujer iba caminando lentamente como si cargará una cruz por las calles rotas y llenas de agua putrefacta. Llegó cerca de un puente, y allí entró a una casita solitaria donde duró sólo un instante y luego salió nuevamente a la parada del bus para hacer su viaje de vuelta.
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Un mes de noviembre no la vi más y así como el que no quiere a cosa, pregunté por ella. Nadie jamás la había visto, ni siquiera los choferes que noche a noche hacían las mismas vueltas y con los mismos pasajeros. Al principio pensé que la había imaginado, pero luego entendí que algunas personas son invisibles para otras. Tan invisibles que ni Dios los ve.