La duda
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Después de eso, la duda fue creciendo como el pozo de agua que se va haciendo debajo de la tubería rota. Cada día, con cada gesto o acción, a la duda le salieron tentáculos que le apretaban el cuello, el corazón, el alma. Varias veces lo vio salir perfectamente trajeado y regresar triste, ajado, como un trapo y a su pregunta de dónde había estado: una evasiva, una imprecisión, una excusa. Entonces la duda fue una montaña o un árbol al que le crecieron raíces y ramas.
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Cada día el ayuno de palabras afectuosas, la tibieza esquiva en la cama, hizo la multiplicación de la duda. Ante la pregunta de ella: ¿Qué te pasa? La respuesta de él fue la misma de siempre: nada. Pero demasiadas llamadas, demasiado tiempo frente al celular, demasiadas salidas nocturnas, demasiado silencio. Entonces la relación fue como una casa abandonada donde no hay nadie solo fantasmas merodeando en ella y un bombillo amarillo que parpadea.
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Pero hoy, luego de una supuesta salida a pasear con sus amigos, él llega a la habitación nupcial sin besos solo con un simple saludo. Y antes de meterse a bañar, deja sobre la mesa, encendido, su celular. Ella, como atraída por un imán, con las manos temblorosas y la boca seca, lo agarra. Abre el chat e indaga: su corazón se detiene y salta. Ya no hay duda, de ella no queda nada. ¡Solo hay una gran certeza, una verdad comprobada!