Juguemos en el bosque...
Eran las 4 de la tarde. A esa hora, el parque suele estar repleto de niños que juegan en los columpios y en todos los juegos mecánicos que hay. Las madres y las niñeras se sientan a observar desde lejos a los críos, mientras miran su celular, toman fotografías e interactúan en las redes.
También desde lejos hay un hombre que lo observa todo, que también toma fotografías y pasa desapercibido ante la multitud. Allí, en aquel banco de cemento, es uno más, pero cada tarde se ha sentado en lugares estratégicos para mirar mejor, para escuchar mejor. Desde cada lugar, ha visto cada niño correr, cada madre descuidada, cada niñera incapaz.
Sabe que está Lucy con sus lazos azules y su vestido de algodón, también Amber de sandalias y braga, Juancho con su melena negra y sus tenis verde oliva. Desde lejos fija su mirada en las figuras infantiles que saltan, corren, ríen. Inocentes de aquella permanente observación, los niños y sus madres van cada tarde a aquel parque para distraerse.
El hombre también asiste, paciente, cauteloso, sigiloso y constante. Sus pupilas se engrandecen, se relame los bigotes, su olfato se optimiza, como un lobo feroz. Algunos niños de vez en cuando se acercan y él les sonríe mansamente, mientras las madres inocentes suben fotografías de lindos atardeceres.
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También desde lejos hay un hombre que lo observa todo, que también toma fotografías y pasa desapercibido ante la multitud. Allí, en aquel banco de cemento, es uno más, pero cada tarde se ha sentado en lugares estratégicos para mirar mejor, para escuchar mejor. Desde cada lugar, ha visto cada niño correr, cada madre descuidada, cada niñera incapaz.
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Sabe que está Lucy con sus lazos azules y su vestido de algodón, también Amber de sandalias y braga, Juancho con su melena negra y sus tenis verde oliva. Desde lejos fija su mirada en las figuras infantiles que saltan, corren, ríen. Inocentes de aquella permanente observación, los niños y sus madres van cada tarde a aquel parque para distraerse.
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El hombre también asiste, paciente, cauteloso, sigiloso y constante. Sus pupilas se engrandecen, se relame los bigotes, su olfato se optimiza, como un lobo feroz. Algunos niños de vez en cuando se acercan y él les sonríe mansamente, mientras las madres inocentes suben fotografías de lindos atardeceres.